Tuesday, July 16, 2019

PREAMBULO-LOS AÑOS CUARENTA Y CINCUENTA-ESTAMPAS DE LA ÉPOCA


  LAS RAÍCES DE LA DISCORDIA

                                                (Una revolución inútil)

 


 

    Gina Sacasa-Ross



PREÁMBULO
Según cita la historia, las ciudades de León y Granada fueron fundadas en 1524 por el conquistador español, Francisco Hernández de Córdoba. En 1528, la Corona Española estableció la Provincia de Nicaragua, dependiente de la Audiencia de Guatemala. A partir de 1786, la Intendencia de León, creada por Real Cédula, formó parte de la Capitanía General de Guatemala, sujeta al Virreinato de la Nueva España.
Estas dos ciudades, igual que las otras creadas en el Nuevo Mundo por los colonizadores, reflejaban las estructuras de sus homólogas españolas en cuanto a trazo y arquitectura, pero sus sistemas económico y social obedecían más a la explotación y al saqueo, conductas generadas por las desmedidas ambiciones de riqueza y poder que motivaban a los conquistadores españoles.  
Sobre esas abusivas bases de gobierno se desarrolló la historia fundacional de la República de Nicaragua, cuna de estos recuerdos.
 
El ascenso de Somoza García
 Trescientos años después de haber sido colonizada por España, el camino al desarrollo no había sido fácil para Nicaragua. Buscando encajar en el mundo civilizado, tras pertenecer a los españoles había dependido del Primer Imperio mexicano y luego fue parte de las Provincias Unidas del Centro de América y de la República Federal de Centroamérica, hasta emerger como el Estado de Nicaragua y en 1854 se establece como la República de Nicaragua. Era joven, bella y exótica, dejando entrever en su cálida y húmeda geografía la promesa de un tesoro para quien la poseyera: dos océanos lamían sus costas. Esos atributos la convirtieron pronto en objeto de deseo de las potencias de la época, exponiéndola a nuevas olas de ambición. Y lo lamentable, algunos de sus hijos, encargados de administrarla y defenderla, en vez de comportarse con cordura se dejaban arrastrar por intereses egoístas, enfrascándose en guerras intestinas por el poder.
En unas de esas guerras estaba Nicaragua en 1909, por el resentimiento entre hermanos que no lograban entenderse, cuando los líderes de los principales partidos políticos, Conservador y Liberal, buscaron la protección de gobiernos extraños y abrieron las puertas a ejércitos extranjeros. Los Estados Unidos de América, con el pretexto de ayudar, envía más de 400 marines a Nicaragua e inicia en 1913 un “protectorado” en el país.
Para muchos nicaragüenses era una intervención e invasión al país, y uno de ellos, Augusto C. Sandino, empedernido nacionalista, se dedicó con sus valientes seguidores a hostigar sin tregua a los yankees invasores, con el propósito de hacerles entender que debían desalojar Nicaragua.

Era un mensaje escrito con sangre. Los yankees terminaron retirando sus tropas del territorio, aunque mantuvieron el control del poder. Por eso, el gobierno de los Estados Unidos propuso al de Nicaragua organizar la Guardia Nacional. Las pláticas al respecto iniciaron en 1923 con el presidente Bartolomé Martínez y culminaron el 23 de abril de 1925  con el presidente Carlos Solórzano.
Anastasio Somoza García, hijo del senador y hacendado caraceño Anastasio Somoza Reyes y su esposa Julia García, era un apuesto y astuto joven que hablaba el idioma de los norteamericanos; no solo en el estricto lenguaje, sino también en las ambiciones.
Esas afinidades tendieron el puente para una asociación entre Somoza García y los dirigentes norteamericanos. Ellos encontraron en Tacho al colaborador incondicional que necesitaban y éste, la escalera al poder. Con el respaldo norteamericano, o mejor dicho, debido a eso, Somoza García accedió pronto a cargos importantes.
En 1933 las últimas tropas de la Infantería de Marina de los Estados Unidos abandonaron Nicaragua, pero Washington había logrado su propósito de instalar una Guardia Nacional, colocando como primer jefe a su gran amigo, Anastasio Somoza García, quien ostentaba el rango de Mayor General gracias a la influencia de sus poderosos aliados.                           El 21 de febrero de 1934 Sandino es asesinado.
A partir de ese día todo parece ir de maravilla para Somoza García, quien, con extraordinarias habilidades de liderazgo, negociación y oportunismo, logra sortear los escollos políticos y toma posesión como presidente de Nicaragua el 1 de enero de 1937.
Su carrera militar siguió en ascenso hasta conseguir el grado de General. La década de los 40 del siglo XX encuentra a Nicaragua bajo el gobierno de Anastasio Somoza García, fundador de la dinastía somocista que duraría 43 años en el poder.
[1] Tacho era el nombre con que se conocía popularmente a Anastasio Somoza García.
 

ESTAMPAS DE LA ÉPOCA
El amanecer
Es media noche, la ciudad duerme. Sus calles coloniales, tan coquetas de día, lucen lóbregas bajo el velo de la oscuridad, causa sin duda de recelo para cualquiera que las transite.
Solo la luna, vagabunda intrépida, se atreve a recorrerlas. Hasta parece divertirse al filtrar sus rayos plateados entre altos y vetustos campanarios, portones coloniales y recodos intrincados, recreando los dramáticos diseños de luces y sombras que han dado pie a leyendas centenarias, mitos, creencias y temores. Mientras, los pobladores sumidos en el sueño entretienen sus mentes con fantasías que quizás no recordarán al despertar.
El firmamento se va tiñendo de cristal, oro y rosa. Ha comenzado el amanecer.
Como duendes traviesos, algunos ruidos penetran poco a poco en el  hondo sopor y hacen que la noche se apresure a recoger su manto negro y dé paso a la aurora. Cual piezas necesarias para componer el gran rompecabezas que la vida arma y desarma cada día, los sonidos van tomando sus puestos. Al romper el alba, las aves revolotean sobre las copas de los árboles; el chirrido de las carretas cargadas de leña y maíz y el traquetear de los carretones tirados por caballos, trayendo al pueblo la leche, también irrumpen y desplazan el silencio de la madrugada. Llegan de distintos rumbos y según la estación, verano o invierno, el postillón, que es el mismo lechero, estará lleno de polvo o empapado por la lluvia.
A la espera de estos carretones siempre hay mujeres de todas las edades, son las encargadas de preparar los alimentos en los hogares porque los hombres se van temprano a las labores del campo. Ellas ya tienen organizadas las tareas: disponer la leña para calentar el café de la mañana, nesquisar[1] el maíz y preparar la masa para echar las tortillas que, calientes aún, han de llegar a las familias en el pueblo. Con estas tortillas y los atoles, también de maíz, que los hijos mayores saldrán a vender, las madres con pocos recursos contribuyen al sostén de su casa.
Aquella mañana fue la Chona, mujer de piel tostada como el cacao, entrada en años aunque todavía con brazos firmes y andar ágil, quien dejó caer la noticia:
 —Parió doña Dolores, dicen que fue un parto difícil, pero la niña vino bien.
Para las demás mujeres era noticia de alegría, pues la gente humilde ahí es de buen corazón. Empezaron a hacer planes para ir a conocer a la niña, a suponer parecidos y mientras unas decían que sin lugar a dudas se parecería al padre, las otras aseguraban que iba a heredar la gracia de la madre.
La conversación cesó cuando llegó el lechero. Todas se arremolinaron frente a la mesa donde despachaban la leche, y como cualquier otro día, aquellas mujeres que minutos antes conversaban con amenidad, pasaron a darse codazos y pisotones, disputándose un espacio, mostrando cada una su lado egoísta aunque de bondad estuvieran sobradas.
Mientras, la niña de doña Dolores dormía con placidez entre pañales de seda y sabanitas bordadas en Miñardí, aún sin conciencia de por qué estaba allí.
Si la niña hubiese podido expresarse, habría contado que por mucho tiempo disfrutó un vaivén acuoso como de ola que la mecía y a la vez  la desplazaba dentro de aquel globo en que había concebido la vida, del que de repente, sin el menor aviso fue forzada a deslizarse  por un túnel oscuro arrastrada por una corriente de agua que a veces parecía mermar su ímpetu, produciéndole la sensación de que podía asfixiarla y, no obstante, la impulsaba a continuar buscando la salida. Contaría también que más tarde sintió otro empujón… y después otro y luego otro más, hasta que al fin se encontró de frente con una extraña brillantez que le impidió abrir los ojos de inmediato.
La recién nacida se fue acostumbrando a la dura superficie en la que ahora reposaba, percibió el calor agradable de las mantitas que la arropaban, un claro indicio de que sabría reconocer lo positivo de las situaciones. Bien por ella, había llegado a este mundo equipada con buen temple. Contaría también que la emocionó mucho escuchar voces que la hicieron comprender que no estaba sola.
—Me us ta mi e ma ni ta— dijo una voz tierna y entrecortada, voz de ángel de ala rota que la niña logró reconocer.
—Y la vas a tener que cuidar mucho— respondió una voz varonil que ella también había escuchado.
—Pásenme a la niña, es hora de amamantarla— se escuchó otra voz adulta que la recién nacida identificó al instante, era la voz más cercana que había escuchado durante los nueve meses que había permanecido en ese globo. Era la que le cantaba, le conversaba y le contaba historias; la voz que aprendió a distinguir con rapidez y hacía que su cuerpecito se agitara.
Sus “reflexiones” fueron interrumpidas por alguien que la transportó con suavidad y amor a un lugar mullido y tibio, desde donde podía escuchar los latidos de un corazón cuyo ritmo también le era conocido, pues la había acompañado en cada instante de su largo viaje. Respiró tranquila, segura de que estaba siendo protegida y abrió los ojos por primera vez. El susto le volvió de nuevo al toparse con una gran bola que al final tenía una punta. Sintió que la atraían hacia esa punta y se sobrecogió de temor, pero el instinto la hizo comprender lo que la voz le decía.
 —Chupa, mi cielo, chupa—. Y una mano amorosa tomó su manita. 
Los labios inexpertos de la recién nacida resbalaban frustrando su intento de mamar, hasta que al fin un líquido de sabor agradable le mojó la boca. Era ese su primer triunfo y encabezaría la lista de batallas que la vida le haría enfrentar.
Se durmió con la boquita entreabierta.
Alguien comentó:
 —Mírenla, está sonriendo; seguro que está soñando con los angelitos.
Por la ventana de la habitación se coló un hilo de luz y un poco del bullicio de la ciudad de León que desde el amanecer recuperaba su alegría habitual.  La vida seguía su curso.  





[1] Nesquisar: Palabra proveniente del náhuatl nextli que significa ceniza y quetza que significa mantener: Preparar el maíz para las tortillas, cociéndolo con ceniza.



 


Las amigas

El repicar de las campanas de las cien iglesias despierta a los colegiales.

En esta ciudad tropical, la madre tierra se encarga de calentar en su vientre el agua para los niños que se bañan tempranito, quienes con los cabellos húmedos y los cordones de los zapatitos a medio amarrar, van camino a sus clases.

Los residentes en el centro, si son niñas, llevan el uniforme con gola de marinero que distingue a las alumnas del colegio de La Asunción. Si son varones, llevan el uniforme del colegio San Ramón. Los de los otros barrios se encaminarán al colegio Santa Rosa de niñas o al colegio Los Hermanos Cristianos de varones.

Los niños con menores recursos, igual que las hijas o hijos de casa, como se llama a los niños que sus padres dejan en casas de padrinos o patrones para que se puedan alimentar mejor y asistan a la escuela, irán a las instituciones públicas. Su horario de clases se reduce porque deben regresar a hacer oficios en las casas donde viven.

—Yo quiero que Carmelita me acompañe al colegio. Informaba Elena a su mamá.

—No seas terca. Te he explicado que Carmelita va a la otra escuela porque el horario es menos pesado que el de La Asunción. Recuerda que ella tiene que ayudar a su madre en la cocina.

—Bueno, entonces llevala a la salida del colegio, a esperarme. Quiero que vaya al club conmigo, para que nos comprés un helado.

—Está bien, pero mejor no la invités al club. Vamos a ir donde Prío. 

—Me encantan los helados de Prío, son riquísimos y también las leche de burra[1].

—Tenés toda la razón. Hasta pienso que el club compra su helado donde Prío —dijo la mamá.

Las niñas se fueron a clases.

La hija de doña Dolores aprendía francés, el idioma de las monjitas de La Asunción.

Ma Mère, voulez-vous donner moi l´autorisation de sortir? preguntaban las alumnas para ir al baño. Y rezaban—: Je vous salue, Marie, pleine de grâce.
Le Seigneur est avec vous.

Carmelita, en su escuela, aprendía tareas que la convertirían en una excelente ama de llaves, pero lo que ella deseaba era aprender a coser y bordar.

Aquella tarde, cuando doña Dolores la llevó a esperar a la niña, Carmelita no cabía en sí de gozo, más cuando se enteró que irían a comer helado. “Me cumplió la niña Elenita”, pensaba, “me cumplió. ¡Al fin voy a conocer el club!”

Sin embargo, en vez de entrar al club como ella esperaba, siguieron de largo hasta llegar a la esquina de Prío. Sintió una desilusión pasajera porque ya donde Prío, los ojos casi se le salen cuando le pusieron delante la gran copa de sorbete[2]. Y desbordó de alegría al recibir, además, una bolsita de papel encerado repleta de leches de burra.

Las miradas de las niñas se encontraron. Rieron felices, sin diferencias entre sí. A ambas les corría sorbete y leche de burra por las comisuras de los labios.



[1] Leche de burra: Es un caramelo artesanal a base de leche, propio de Nicaragua.
[2] Sorbete: Es un postre helado. Se diferencia del helado por no contener ingredientes grasos, además de no incluir yema de huevo. Por esta razón su textura es menos firme, más líquida y menos cremosa que la del helado.






La peña del tigre

Cómo recuerdo el mar. Aquel mar de Poneloya que al verlo la primera vez amedrenta. No solo por su inmensidad, sino también por lo vasto de sus costas y la altivez y fuerza de sus olas; pero al conocerlo, como llegué a conocerlo, bañándome en sus aguas año tras año, caminando sobre su arena, recogiendo sus conchas y escalando sus rocas, uno aprende a quererlo de tal manera que por siempre lleva su murmullo en el corazón, aunque nos encontremos a miles de millas de distancia.

“Al otro lado está el Japón”, me informaba Paulina, gran conocedora del asunto porque vivía en Poneloya siempre. Sus padres, don Julio y doña Rita, eran propietarios de uno de los negocios más prósperos del lugar, el restaurante El Pariente Salinas. Yo, en cambio, sólo pasaba allí temporadas, las vacaciones largas. Las escuelas, al finalizar el curso, concedían tres meses de descanso que comenzaba en marzo y finalizaba en mayo, justo con la llegada de las primeras lluvias del invierno. Mis  padres trasladaban su residencia de León a la casa del mar, por lo menos un mes de los tres de vacaciones.

¡Cómo cobraba vida esa pequeña aldea costera en ese tiempo! Las casas, que la mayor parte del año pasaban vacías, se llenaban de muchachos que formaban grupos según su edad.

Los más pequeños eran los primeros en aparecer en la costa. A las seis de la mañana se les veía con sus baldes y palas; perseguían punches, recogían caracoles y estrellas de mar o construían castillos en la arena.  Sus chinas[1], vestidas siempre de uniforme, los cuidaban de cerca, conversando entre sí pero atentas a los chiquillos.

¡Estás demasiado cerca del agua, Álvaro!gritó una de ellas—. Acordate que no tenés permiso ni de mojarte los pies. Debés esperar a que tu papá despierte y venga a la playa.
El niño obedecía. Aunque, deseoso de ver aparecer la figura de su padre con frecuencia volvía la vista  hacia el corredor del frente de su casa que, en aquel entonces, era perfectamente visible desde la plana y ancha playa.

Los mayorcitos aparecían cerca de las ocho de la mañana. Solían caminar por la costa, a veces en dirección a la Bocana o en sentido contrario, hacia Las Peñitas. El recorrido a esa hora era un deleite, el sol todavía no caldeaba la arena y una marea mansa se acercaba tímida a la orilla, lamiéndola con suavidad.

Sin embargo, los conocedores sabían que así iniciaba un nuevo turno del perenne desafío entre el mar y la costa; llevaban siglos retándose. Más tarde el océano cambiaría de táctica; envalentonado, quizás por la pasividad de su contrincante o impulsado por causas desconocidas, decidiría lanzar olas enormes sobre su estacionaria oponente, inundándola. Año tras año, ese constante despliegue de fuerza daría al mar ventaja y la playa de Poneloya sufriría serios efectos de erosión.

Los jóvenes mayores de 17 años despertaban entrada la mañana. Eran los trasnochadores. Para ellos, la diversión ya no era tanto bañarse en el mar, sino jugar naipes hasta altas horas de la noche o participar de una lunada, un baile o una serenata.

Todos los veraneantes se conocían entre sí. Muchas de mis amiguitas pasaban sus temporadas allí, así como mis hermanas y yo. Jugaba y me divertía en grande con ellas, aunque prefería conversar con Paulina, me encantaba porque me dejaba perpleja con las mil cosas que relataba.

Una atracción para los veraneantes era subir a la cima de La Peña del Tigre al atardecer, de donde se contemplaba mejor la puesta del sol. Ahí estábamos cuando Paulina me preguntó:

¿Vos sabés por qué a esta roca le dicen La Peña del Tigre?

contesté. Porque tiene la forma de un tigre.

Nada de eso dijo Paulina—. Fijate bien que se parece más a un oso.

Como dije, ella sabía de esos temas más que yo.

Entonces, ¿por qué le llaman así?

Porque hace mucho, mucho tiempo, una bella muchacha española, hija del comendador, estaba por casarse con otro español mucho mayor. Ella no lo hacía porque lo quisiera, lo hacía obligada por sus padres, principalmente por su papá que era ambicioso y calculador. Él había arreglado con el “novio” el pago de una fuerte cantidad de dinero a cambio de la mano de su hija. La pobre muchacha lloró durante el trayecto de su casa a la iglesia de Sutiaba, no solo porque admitió que sus amigas tenían razón de burlarse de los besos asquerosos que su marido le daría en la noche de la boda, sino, también, porque ella se había hecho novia en secreto de Lenderi, un joven estudiante indio.

Cuando la comitiva de la boda llegó a las gradas de la iglesia, la novia se elevó y desapareció en un suspiro. Aquello fue tan repentino que los presentes se desconcertaron, y hasta el comendador tardó minutos en comprender lo que había pasado.

Seguidlo —por fin gritó a sus guardias, encolerizado— Seguid a ese indio mal nacido que ha raptado a mi hija.

Le llevaron su caballo y él también partió tras el raptor.

Mientras tanto, la novia se abrazaba dichosa al pecho de su amor quien le decía palabras de aliento:

No te  mas

vi  da  mía 

To do va a es tar bi en

So lo es tan do mu er to 

hu bie ra yo per mi ti do

que te ca sa ras con o tro

Ella no lograba entenderlas pues por la velocidad con que cabalgaban, las sílabas se quebraban y se dispersaban en el aire. Pero ella no necesitaba entenderlas, el sólo contacto con la piel del joven la llenaba de valor.

Los que sí percibieron los requiebros que Lenderi decía a su enamorada, fueron sus perseguidores. El eco de las palabras llegó a los rastreadores indicándoles el rumbo que seguía la pareja.

El caballo de Lenderi, comprendiendo el deseo de los jóvenes de alcanzar un sitio seguro, volaba. Al fin, el jinete aflojó las riendas y el animal se detuvo. Estaban a la orilla del mar. Lenderi ayudó a su amada a desmontar y tomados de las manos caminaron entre la espuma de las olas hasta topar con una gran roca. Alcanzaron la cima justo a tiempo para ver cómo el sol terminaba su viaje cotidiano y se hundía en el horizonte; algunas nubes tomaron un matiz rosa y dieron paso al fulgor resplandeciente de un atardecer que dejó atónitos a los fugitivos.

Una gama de tonos inimaginables pincelaba el firmamento: Llameantes anaranjados, rojos profundos que se tornaban en violeta y púrpura, como si de magia se tratara, iluminando el cielo con destellos dorados que al reflejarse en el mar componían un arrebol de belleza sobrenatural.

Era la fiesta de boda, organizada para ellos por el universo. El indio y la blanca cautivados por el paisaje se abrazaron en una misma emoción. El alma y los sentimientos no reconocen diferencias, ni de raza ni de nivel social.

La roca escondía una cueva en sus entrañas y Lenderi decidió que pasarían la noche allí. Los enamorados se durmieron; los besos y las caricias, fueron la única cobija a su cansancio. Cuando la noche cruzaba su punto más oscuro, al indio lo despertó una bulla. Creyó saber de qué se trataba, pero al incorporarse para buscar la lanza, cuatro brasas chispearon a la entrada de la cueva. Tembló de pánico. Eran tigres. Su miedo aumentó al ver que el más grande de los animales destrozaba a un soldado del comendador que intentó entrar a la cueva, después a otro y otro más. El otro tigre, la hembra, estaba alerta cuidando la espalda de su compañero. Los enamorados escuchaban las órdenes del comendador.

¡Deteneos! Es inútil tratar de entrar a esa cueva. Con ese par de tigres es imposible que ese indio maldito tenga a mi hija escondida allí. Volvamos. ¡Incapaces! Ese condenado debe haber tomado la dirección opuesta.

Y al fin, ¿qué pasó con los novios? pregunté con un nudo en la garganta.

Nunca se supo dijo Paulina. Muchos creen que a la mañana siguiente se adentraron en el mar y nadaron hasta llegar a Japón.

¿Y el caballo? —insistí en preguntar.

¡También...!



[1] China: Nicaragüismo que significa nana o niñera, quien cuida a los niños pequeños.



El temporal

Elena estaba en el quinto sueño cuando su china la zarandeó con suavidad.

—Despierte, niñita dormilona —le susurró.

—Nooo, muy temprano, está muy oscuro.

—Nada de eso, ya es tarde, más bien tardísimo. Son pasadas las seis y media; lo que sucede es que está nublado. Tenés que volar para llegar a tiempo al colegio.

Cierto, estaba oscuro, tan oscuro que la casa era alumbrada con las luces eléctricas como si fuera de noche.
¿Tenemos que ir al colegio, papá?   

—Por supuesto. Ustedes no son de azúcar, no corren el riesgo de disolverse... De todas maneras, pregúntenle a su mamá.

—Que vayan —dijo doña Dolores y agregó—. Eso sí, que las lleve Manuel en el carro.

La china trajo los capotes y los bultos[1].
¿Podemos llevar a las Mitchell?, preguntó Elena.

—Claro —dijo doña Dolores.

Y salieron.

—Pegate más a Elisa, Margaret. Rafaela meté la panza. Aquí vamos como sacando manteca.

 —Si la Toña no fuera tan nalgona tendríamos más espacio.

 —Niña irrespetuosa —protestó la china— ¿Para decir semejante malacrianza es que te mandan a un buen colegio?

Todas rieron a carcajadas, excepto Manuel que, imperturbable, conducía; sabía que la lluvia multiplicaba los peligros. El agua chorreaba en cascadas sobre las ventanas del auto, dando la impresión que manos alocadas abrían y cerraban cortinas a prisa en una insulsa jugarreta, digna de las bromas de las pasajeritas, pero que podría acabar muy mal. Los parabrisas, que Manuel puso a trabajar a la mayor velocidad posible, perdían la batalla contra el viento furioso que lanzaba oleadas de agua al cristal. Una oscuridad obstinada le impedía la visibilidad. Manuel se concentraba en adivinar por dónde iba y dónde debía detenerse para doblar la esquina, haciendo el recorrido casi por intuición.

El agua no paraba, llovía desde hacía más de seis horas. Las calles semejaban riachuelos, las pocas personas que iban caminando parecían agobiadas por el peso de los capotes y los sombreros de hule; otras trataban de resguardarse con cartones y periódicos debajo de los aleros de las casas. A las nueve y media de la mañana, el agua seguía cayendo.

En el colegio, las monjas, considerando la fuerte borrasca, tomaron una decisión rápida y la consignaron en un comunicado entregado por la madre Caridad y la madre Lola a las empleadas que llevaban a las alumnas externas el refresco de las diez y media de la mañana. La nota explicaba: “Debido a las torrenciales lluvias, se avisa a los padres que las clases serán suspendidas por el resto del día. Favor enviar por sus hijas tan pronto como les sea posible. Atentamente, madre Eugenia Victoria, superiora del  Colegio de La Asunción”.

En el campo, la lluvia también azotaba. Luisa, la hija de Toña, china de Elena, vivía en la comarca del Mayalar.
¿Cuándo parará de llover, doña Tere?

—Tendremos agua para rato —contestó la vieja—. Ayer vi a los pájaros volar en círculos y las hormigas con alas se han multiplicado, es señal de temporal largo.

—Menos mal que ya tengo lista casi toda la ropa del niño y que Rigo terminó de pintar la cuna.

Según los cálculos de Luisa, faltaban unas dos semanas para el parto de su primer hijo. Cuando llegara el momento, Rigo, su compañero, la llevaría a la ciudad porque doña Dolores había hablado con las religiosas del Hospital San Vicente para que la recibieran.

—Mi nieto —presumía la Toña con sus amistades—. Va a nacer bien atendido en el hospital, como un niño rico.

Pero la suerte quiso otra cosa.
¡Aayyyy!

Doña Tere dejó caer la escoba.
¡Doña Teeeeere, doña Teeeeere… ¡No puedo levantarme!
Luisa yacía tendida sobre el lodo que se había formado en el patio.

—Creo que me partí en dos la rabadilla, doñita.

—Agárrate de mi brazo, hija —La mujer trataba de ayudarla, pero Luisa no hacía más que encorvarse, sosteniéndose la panza.

¡Aayyy! ¡No puedo! El vientre me da unos jalones horribles, algo se me quiere desprender de adentro. ¿Será que se golpeó mi muchachito?

—No fregués, muchacha —dijo alarmada la suegra—. A lo mejor la caída te está provocando el parto.
¿Usted cree, doña Tere? Entonces corra, vaya a llamar a Rigo para que me lleve al hospital.
¡Juaana, Juuuana! ¡Se cayó la Luisa!

A los gritos de doña Tere acudieron Rigo, Juana y El Coto. La lluvia seguía copiosa.

—Qué va —repetía Rigo, mientras cargaba a la Luisa hasta la cama. —Con esta lluvia no podemos ni intentar salir a la carretera. La encajonada debe ser ya un lodazal.

La Luisa temblaba, agobiada por los dolores y el temor de no ser bien atendida.

—Yo traje varios chavalos al mundo, hija —le dijo doña Tere, con el afán de ofrecerle una esperanza.

—Si El Coto me presta sus bueyes, tal vez podamos salir en carreta —comentó Rigo.

La lluvia aporreaba sin misericordia el techo de la casita, igual que el corazón de Luisa. Los truenos se confundían con los gritos de la parturienta y los relámpagos iluminaban el cuarto donde la joven, ayudada por su suegra, empezaba a traer su hijo al mundo. De vez en cuando se oía el crujido de la rama de un árbol que caía doblegada por la fuerza del viento. Luisa sentía que también ella estaba por quebrarse. La pelvis se le había ensanchado y le ardía, era un calor insoportable. El sudor corría por su cara resbalandosele en la boca, salado y tibio, mezclado con lágrimas.
—¡Doña Tere, la lluvia ya llegó a mi cama!  Nos ahogaremos, doña Tere — gritaba la primeriza— Se ahogará mi muchachito.

—Calmate, calmate, Luisita, que eso que sentís no es agua de la lluvia, es el agua de la fuente que se te rompió. Respirá profundo… Tenés que coger fuerzas para cuando te toque pujar.
—¿Cuándo me toca empujar?

Ante semejante ignorancia, Juana y doña Tere intercambiaron miradas.

Juana buscaba mantas y toallas secas; el nerviosismo atacaba a todos ante la impotencia para resolver la emergencia. Las cosas estaban ahora en manos de Dios y de la madre naturaleza. Luisa, un poco adormilada, tuvo la sensación de tener la cabeza de la criatura entre las piernas y enseguida sintió la contracción que la obligó a pujar con toda su fuerza.

—Sos una pencona —la animaba la suegra—. Vos sí que sos una mujer de verdad. Ahora, ahora, es cuando debés pujar… ¡Más, más, un poco más!

—No puedo más, voy a reventarme. Eso es lo que me va a pasar, voy a reventarme o partirme en dos, no voy a aguantar…

—Claro que vas a poder, Luisa, pensá en tu muchachito, tenés que ayudarle a nacer bien —decía Juana mientras le secaba el sudor.

—Mirá que ha decidido vencer al mal tiempo y nacer en su casa. Va a ser hombre de campo, como su papa. Orgulloso, no  quiso ir al hospital —bromeaba la Juana.

—Ya veo la cabecita… ¡Ya viene! ¡Ya viene! Pujá, chiquita, seguí pujando…  Falta poco!

Las dificultades de vivir en el campo se hacían sentir en la población pobre de aquellos tiempos. Sus limitaciones eran grandes, ni el gobierno ni los terratenientes querían saber de sus carencias, por lo que se hallaban en el desamparo. Aun así, en ese ambiente hostil, de caos e insalubridad, el que venía al mundo luchaba por valerse de sus propios impulsos para abrirse camino.

En el corredor de la casita Rigo contemplaba el diluvio, pálido por el susto. El problema no había sido conseguir los bueyes, el problema era lo torrencial del aguacero. Se mordía los labios y cerraba la mano derecha en un puño, impotente ante la dificultad.

—Escuchá lo que está diciendo el radio —le había dicho El Coto— De nada sirve que enganchemos la carreta.

Se estima que en las doce horas de lluvia han caído aproximadamente 210 milímetros de agua. Los ríos se han desbordado sobre la carretera; muchos puentes han sido destruidos por las fuertes corrientes ocasionando accidentes fatales. Se sabe que una camioneta, en la que viajaba la doctora Fátima Monarca, se precipitó a las aguas en el puente ‘El Tamarindo’. Hasta el momento no se han encontrado los cuerpos de los pasajeros…”

Por encima del estallido de los truenos y el ruido de la lluvia, Rigo escuchó el llanto. Se paralizó. Prestó más atención. Sí, era el llanto de un bebé como jamás había oído; un bebe fuerte, tenaz, decidido a desafiarlo todo: rayos, lluvia, viento, con tal de imponer su presencia.

Lo que Rigoberto ignoraba era que ese recién nacido sería miembro de una nueva generación que inconforme con el destino que le tocaba a su gente y que, consciente de sus menguadas condiciones, desafiarían los paradigmas de esa sociedad en defensa de sus derechos.



[1] Bulto: Maleta que usan los estudiantes para llevar los útiles escolares.

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