LAS RAÍCES DE LA DISCORDIA
(Una
revolución inútil)
Gina
Sacasa-Ross
PREÁMBULO
Según cita la historia, las ciudades de León
y Granada fueron fundadas en 1524 por el conquistador español, Francisco Hernández de Córdoba. En 1528, la Corona Española estableció la Provincia de Nicaragua,
dependiente de la Audiencia de Guatemala. A partir de 1786, la Intendencia de
León, creada por Real Cédula, formó parte de la Capitanía
General de Guatemala, sujeta al Virreinato
de la Nueva España.
Estas dos ciudades, igual que las otras
creadas en el Nuevo Mundo por los colonizadores, reflejaban las estructuras de
sus homólogas españolas en cuanto a trazo y arquitectura, pero sus sistemas
económico y social obedecían más a la explotación y al saqueo, conductas
generadas por las desmedidas ambiciones de riqueza y poder que motivaban a los
conquistadores españoles.
Sobre esas abusivas bases de gobierno se
desarrolló la historia fundacional de la República de Nicaragua, cuna de estos
recuerdos.
El ascenso de Somoza
García
Trescientos años después de haber sido
colonizada por España, el camino al desarrollo no había sido fácil para
Nicaragua. Buscando encajar en el mundo civilizado, tras pertenecer a los
españoles había dependido del Primer Imperio mexicano y luego fue parte de las
Provincias Unidas del Centro de América y de la República Federal de
Centroamérica, hasta emerger como el Estado de Nicaragua y en 1854 se establece
como la República de Nicaragua. Era joven, bella y exótica, dejando entrever en
su cálida y húmeda geografía la promesa de un tesoro para quien la poseyera:
dos océanos lamían sus costas. Esos atributos la convirtieron pronto en objeto
de deseo de las potencias de la época, exponiéndola a nuevas olas de ambición. Y
lo lamentable, algunos de sus hijos, encargados de administrarla y defenderla, en
vez de comportarse con cordura se dejaban arrastrar por intereses egoístas, enfrascándose
en guerras intestinas por el poder.
En unas de esas guerras estaba Nicaragua en
1909, por el resentimiento entre hermanos que no lograban entenderse, cuando
los líderes de los principales partidos políticos, Conservador y Liberal,
buscaron la protección de gobiernos extraños y abrieron las puertas a ejércitos
extranjeros. Los Estados Unidos de América, con el pretexto de ayudar, envía
más de 400 marines a Nicaragua e inicia en 1913 un “protectorado” en el país.
Para muchos nicaragüenses era una intervención
e invasión al país, y uno de ellos, Augusto C. Sandino, empedernido nacionalista,
se dedicó con sus valientes seguidores a hostigar sin tregua a los yankees
invasores, con el propósito de hacerles entender que debían desalojar
Nicaragua.
Era un mensaje escrito con sangre. Los
yankees terminaron retirando sus tropas del territorio, aunque mantuvieron el
control del poder. Por eso, el gobierno de los Estados Unidos propuso al de
Nicaragua organizar la Guardia Nacional. Las pláticas al respecto iniciaron en
1923 con el presidente Bartolomé Martínez y culminaron el 23 de abril de
1925 con el presidente Carlos Solórzano.
Anastasio Somoza García, hijo del senador y
hacendado caraceño Anastasio Somoza Reyes y su esposa Julia García, era un apuesto
y astuto joven que hablaba el idioma de los norteamericanos; no solo en el
estricto lenguaje, sino también en las ambiciones.
Esas afinidades tendieron el puente para una
asociación entre Somoza García y los dirigentes norteamericanos. Ellos encontraron
en Tacho al colaborador incondicional que
necesitaban y éste, la escalera al poder. Con el respaldo norteamericano, o
mejor dicho, debido a eso, Somoza García accedió pronto a cargos importantes.
En 1933 las últimas tropas de la Infantería de
Marina de los Estados Unidos abandonaron Nicaragua, pero Washington había
logrado su propósito de instalar una Guardia Nacional, colocando como primer
jefe a su gran amigo, Anastasio Somoza García, quien ostentaba el rango de
Mayor General gracias a la influencia de sus poderosos aliados. El 21 de febrero de 1934 Sandino es
asesinado.
A partir de ese día todo parece ir de
maravilla para Somoza García, quien, con extraordinarias habilidades de
liderazgo, negociación y oportunismo, logra sortear los escollos políticos y
toma posesión como presidente de Nicaragua el 1 de enero de 1937.
Su carrera militar siguió en ascenso hasta
conseguir el grado de General. La década de los 40 del siglo XX encuentra a
Nicaragua bajo el gobierno de Anastasio Somoza García, fundador de la dinastía
somocista que duraría 43 años en el poder.
ESTAMPAS DE LA
ÉPOCA
El amanecer
Es media noche, la ciudad duerme. Sus calles coloniales, tan coquetas de día,
lucen lóbregas bajo el velo de la oscuridad, causa sin duda de recelo para cualquiera
que las transite.
Solo la luna, vagabunda intrépida, se atreve
a recorrerlas. Hasta parece divertirse al filtrar sus rayos plateados entre
altos y vetustos campanarios, portones coloniales y recodos intrincados, recreando
los dramáticos diseños de luces y sombras que han dado pie a leyendas
centenarias, mitos, creencias y temores. Mientras, los pobladores sumidos en el
sueño entretienen sus mentes con fantasías que quizás no recordarán al
despertar.
El firmamento se va tiñendo de cristal, oro y
rosa. Ha comenzado el amanecer.
Como duendes traviesos, algunos ruidos
penetran poco a poco en el hondo sopor y
hacen que la noche se apresure a recoger su manto negro y dé paso a la aurora. Cual piezas
necesarias para componer el gran rompecabezas que la vida arma y desarma cada
día, los sonidos van tomando sus puestos. Al romper el alba, las aves
revolotean sobre las copas de los árboles; el chirrido de las carretas cargadas
de leña y maíz y el traquetear de los carretones tirados por caballos, trayendo
al pueblo la leche, también irrumpen y desplazan el silencio de la madrugada. Llegan
de distintos rumbos y según la estación, verano o invierno, el postillón, que
es el mismo lechero, estará lleno de polvo o empapado por la lluvia.
A la espera de estos carretones siempre hay mujeres de todas las edades,
son las encargadas de preparar los alimentos en los hogares porque los hombres se
van temprano a las labores del campo. Ellas ya tienen organizadas las tareas:
disponer la leña para calentar el café de la mañana, nesquisar[1]
el maíz y preparar la masa para echar las tortillas que, calientes aún, han de
llegar a las familias en el pueblo. Con estas tortillas y los atoles, también
de maíz, que los hijos mayores saldrán a vender, las madres con pocos recursos
contribuyen al sostén de su casa.
Aquella mañana fue la Chona, mujer de piel tostada como el cacao,
entrada en años aunque todavía con brazos firmes y andar ágil, quien dejó caer
la noticia:
—Parió doña Dolores, dicen que fue un parto difícil, pero la niña
vino bien.
Para las demás mujeres era noticia de alegría, pues la gente humilde ahí
es de buen corazón. Empezaron a hacer planes para ir a conocer a la niña, a
suponer parecidos y mientras unas decían que sin lugar a dudas se parecería al
padre, las otras aseguraban que iba a heredar la gracia de la madre.
La conversación cesó cuando llegó el lechero. Todas se arremolinaron
frente a la mesa donde despachaban la leche, y como cualquier otro día,
aquellas mujeres que minutos antes conversaban con amenidad, pasaron a darse
codazos y pisotones, disputándose un espacio, mostrando cada una su lado
egoísta aunque de bondad estuvieran sobradas.
Mientras, la niña de doña Dolores dormía con placidez entre pañales de
seda y sabanitas bordadas en Miñardí, aún sin conciencia de por qué estaba
allí.
Si la niña hubiese podido expresarse, habría contado que por mucho
tiempo disfrutó un vaivén acuoso como de ola que la mecía y a la vez la desplazaba dentro de aquel globo en que
había concebido la vida, del que de repente, sin el menor aviso fue forzada a
deslizarse por un túnel oscuro
arrastrada por una corriente de agua que a veces parecía mermar su ímpetu,
produciéndole la sensación de que podía asfixiarla y, no obstante, la impulsaba
a continuar buscando la salida. Contaría también que más tarde sintió otro
empujón… y después otro y luego otro más, hasta que al fin se encontró de
frente con una extraña brillantez que le impidió abrir los ojos de inmediato.
La recién nacida se fue acostumbrando a la dura superficie en la que
ahora reposaba, percibió el calor agradable de las mantitas que la arropaban, un
claro indicio de que sabría reconocer lo positivo de las situaciones. Bien por
ella, había llegado a este mundo equipada con buen temple. Contaría también que
la emocionó mucho escuchar voces que la hicieron comprender que no estaba sola.
—Me us ta mi e ma ni ta— dijo una voz tierna y entrecortada, voz de
ángel de ala rota que la niña logró reconocer.
—Y la vas a tener que cuidar mucho— respondió una voz varonil que ella
también había escuchado.
—Pásenme a la niña, es hora de amamantarla— se escuchó otra voz adulta
que la recién nacida identificó al instante, era la voz más cercana que había
escuchado durante los nueve meses que había permanecido en ese globo. Era la
que le cantaba, le conversaba y le contaba historias; la voz que aprendió a
distinguir con rapidez y hacía que su cuerpecito se agitara.
Sus “reflexiones” fueron interrumpidas por alguien que la transportó con
suavidad y amor a un lugar mullido y tibio, desde donde podía escuchar los
latidos de un corazón cuyo ritmo también le era conocido, pues la había
acompañado en cada instante de su largo viaje. Respiró tranquila, segura de que
estaba siendo protegida y abrió los ojos por primera vez. El susto le volvió de
nuevo al toparse con una gran bola que al final tenía una punta. Sintió que la
atraían hacia esa punta y se sobrecogió de temor, pero el instinto la hizo
comprender lo que la voz le decía.
—Chupa, mi cielo, chupa—. Y una mano amorosa tomó su manita.
Los labios inexpertos de la recién nacida resbalaban frustrando su
intento de mamar, hasta que al fin un líquido de sabor agradable le mojó
la boca. Era ese su primer triunfo y encabezaría la lista de batallas que la
vida le haría enfrentar.
Se durmió con la boquita entreabierta.
Alguien comentó:
—Mírenla, está sonriendo; seguro que está soñando con los
angelitos.
Por la ventana de la habitación se coló un hilo de luz y un poco del
bullicio de la ciudad de León que desde el amanecer recuperaba su alegría habitual.
La
vida seguía su curso.
[1] Nesquisar: Palabra proveniente del náhuatl nextli que
significa ceniza y quetza que significa mantener: Preparar el
maíz para las tortillas, cociéndolo con ceniza.
Las amigas
El repicar de las campanas de las cien iglesias despierta
a los colegiales.
En esta ciudad tropical, la madre tierra se encarga de
calentar en su vientre el agua para los niños que se bañan tempranito, quienes con
los cabellos húmedos y los cordones de los zapatitos a medio amarrar, van
camino a sus clases.
Los residentes en el centro, si son niñas, llevan el
uniforme con gola de marinero que distingue a las alumnas del colegio de La
Asunción. Si son varones, llevan el uniforme del colegio San Ramón. Los de los
otros barrios se encaminarán al colegio Santa Rosa de niñas o al colegio Los
Hermanos Cristianos de varones.
Los niños con menores recursos, igual que las hijas o
hijos de casa, como se llama a los niños que sus padres dejan en casas de
padrinos o patrones para que se puedan alimentar mejor y asistan a la escuela,
irán a las instituciones públicas. Su horario de clases se reduce porque deben
regresar a hacer oficios en las casas donde viven.
—Yo quiero que Carmelita me acompañe al colegio.
Informaba Elena a su mamá.
—No seas terca. Te he explicado que Carmelita va a la
otra escuela porque el horario es menos pesado que el de La Asunción. Recuerda que
ella tiene que ayudar a su madre en la cocina.
—Bueno, entonces llevala a la salida del colegio, a
esperarme. Quiero que vaya al club conmigo, para que nos comprés un helado.
—Está bien, pero mejor no la invités al club. Vamos a ir
donde Prío.
—Tenés toda la razón. Hasta pienso que el club compra su
helado donde Prío —dijo la mamá.
Las niñas se fueron a clases.
La hija de doña Dolores aprendía francés, el idioma de
las monjitas de La Asunción.
—Ma Mère, voulez-vous donner moi
l´autorisation de sortir? —preguntaban las alumnas para ir al
baño. Y rezaban—: Je vous
salue, Marie, pleine de grâce.
Le Seigneur est avec vous.
Le Seigneur est avec vous.
Carmelita, en su escuela, aprendía tareas que la
convertirían en una excelente ama de llaves, pero lo que ella deseaba era aprender
a coser y bordar.
Aquella tarde, cuando doña Dolores la llevó a esperar a
la niña, Carmelita no cabía en sí de gozo, más cuando se enteró que irían a
comer helado. “Me cumplió la niña Elenita”, pensaba, “me cumplió. ¡Al fin voy a
conocer el club!”
Sin embargo, en vez de entrar al club como ella esperaba,
siguieron de largo hasta llegar a la esquina de Prío. Sintió una desilusión pasajera
porque ya donde Prío, los ojos casi se le salen cuando le pusieron delante la
gran copa de sorbete[2]. Y desbordó
de alegría al recibir, además, una bolsita de papel encerado repleta de leches
de burra.
Las miradas de las niñas se encontraron. Rieron felices, sin
diferencias entre sí. A ambas les corría sorbete y leche de burra por las
comisuras de los labios.
La peña del tigre
Cómo recuerdo el mar. Aquel mar de Poneloya que al verlo la
primera vez amedrenta. No solo por su inmensidad, sino también por lo vasto de
sus costas y la altivez y fuerza de sus olas; pero al conocerlo, como llegué a
conocerlo, bañándome en sus aguas año tras año, caminando sobre su arena,
recogiendo sus conchas y escalando sus rocas, uno aprende a quererlo de tal
manera que por siempre lleva su murmullo en el corazón, aunque nos encontremos
a miles de millas de distancia.
“Al otro lado está el Japón”, me informaba Paulina, gran
conocedora del asunto porque vivía en Poneloya siempre. Sus padres, don Julio y
doña Rita, eran propietarios de uno de los negocios más prósperos del lugar, el
restaurante El Pariente Salinas. Yo, en cambio, sólo pasaba allí temporadas,
las vacaciones largas. Las escuelas, al finalizar el curso, concedían tres
meses de descanso que comenzaba en marzo y finalizaba en mayo, justo con la
llegada de las primeras lluvias del invierno. Mis padres trasladaban su residencia de León a la
casa del mar, por lo menos un mes de los tres de vacaciones.
¡Cómo cobraba vida esa pequeña aldea costera en ese
tiempo! Las casas, que la mayor parte del año pasaban vacías, se llenaban de
muchachos que formaban grupos según su edad.
Los más pequeños eran los primeros en aparecer en la
costa. A las seis de la mañana se les veía con sus baldes y palas; perseguían
punches, recogían caracoles y estrellas de mar o construían castillos en la
arena. Sus
chinas[1], vestidas
siempre de uniforme, los cuidaban de cerca, conversando entre sí pero atentas a
los chiquillos.
—¡Estás demasiado cerca del agua, Álvaro! —gritó una de
ellas—. Acordate que no tenés permiso ni de mojarte los pies. Debés esperar a
que tu papá despierte y venga a la playa.
El niño obedecía.
Aunque, deseoso de ver aparecer la figura de su padre con frecuencia volvía la
vista hacia el corredor del frente de su
casa que, en aquel entonces, era perfectamente visible desde la plana y ancha playa.
Los mayorcitos aparecían cerca de las ocho de la mañana.
Solían caminar por la costa, a veces en dirección a la Bocana o en sentido
contrario, hacia Las Peñitas. El recorrido a esa hora era un deleite, el sol todavía
no caldeaba la arena y una marea mansa se acercaba tímida a la orilla,
lamiéndola con suavidad.
Sin embargo, los conocedores sabían que así iniciaba un
nuevo turno del perenne desafío entre el mar y la costa; llevaban siglos
retándose. Más tarde el océano cambiaría de táctica; envalentonado, quizás por
la pasividad de su contrincante o impulsado por causas desconocidas, decidiría
lanzar olas enormes sobre su estacionaria oponente, inundándola. Año tras año, ese
constante despliegue de fuerza daría al mar ventaja y la playa de Poneloya sufriría
serios efectos de erosión.
Los jóvenes mayores de 17 años despertaban entrada la
mañana. Eran los trasnochadores. Para ellos, la diversión ya no era tanto
bañarse en el mar, sino jugar naipes hasta altas horas de la noche o participar
de una lunada, un baile o una serenata.
Todos los veraneantes se conocían entre sí. Muchas de mis
amiguitas pasaban sus temporadas allí, así como mis hermanas y yo. Jugaba y me
divertía en grande con ellas, aunque prefería conversar con Paulina, me
encantaba porque me dejaba perpleja con las mil cosas que relataba.
Una atracción para los veraneantes era subir a la cima de
La Peña del Tigre al atardecer, de donde se contemplaba mejor la puesta del
sol. Ahí estábamos cuando Paulina me preguntó:
—¿Vos sabés por qué a esta roca le dicen La Peña del Tigre?
—Sí —contesté—. Porque
tiene la forma de un tigre.
—Nada de eso —dijo Paulina—. Fijate bien
que se parece más a un oso.
Como dije, ella sabía de esos temas más que yo.
—Entonces, ¿por qué le llaman así?
—Porque hace mucho, mucho tiempo, una bella muchacha española, hija del
comendador, estaba por casarse con otro español mucho mayor. Ella no lo hacía
porque lo quisiera, lo hacía obligada por sus padres, principalmente por su
papá que era ambicioso y calculador. Él había arreglado con el “novio” el pago
de una fuerte cantidad de dinero a cambio de la mano de su hija. La pobre
muchacha lloró durante el trayecto de su casa a la iglesia de Sutiaba, no solo porque admitió que sus amigas tenían razón de burlarse de los besos
asquerosos que su marido le daría en la noche de la boda, sino, también, porque
ella se había hecho novia en secreto de Lenderi, un joven estudiante indio.
Cuando la comitiva de la boda llegó a las gradas de la
iglesia, la novia se elevó y desapareció en un suspiro. Aquello fue tan repentino
que los presentes se desconcertaron, y hasta el comendador tardó minutos en comprender
lo que había pasado.
—Seguidlo —por fin gritó a sus guardias, encolerizado— Seguid a ese indio mal nacido que ha raptado a
mi hija.
Le llevaron su caballo y él también partió tras el raptor.
Mientras tanto, la novia se abrazaba dichosa al pecho de
su amor quien le decía palabras de aliento:
No te mas
vi da
mía
To do va a es tar bi en
So lo es tan do mu er to
hu bie ra yo per mi ti do
que te ca sa ras con o tro
Ella no lograba entenderlas pues por la velocidad con que
cabalgaban, las sílabas se quebraban y se dispersaban en el aire. Pero ella no
necesitaba entenderlas, el sólo contacto con la piel del joven la llenaba de
valor.
Los que sí percibieron los requiebros que Lenderi decía
a su enamorada, fueron sus perseguidores. El eco de las palabras llegó a los rastreadores indicándoles el rumbo que seguía la pareja.
El caballo de Lenderi, comprendiendo el deseo de los jóvenes de alcanzar
un sitio seguro, volaba. Al fin, el jinete aflojó las riendas y el
animal se detuvo. Estaban a la orilla del mar. Lenderi ayudó a su amada a
desmontar y tomados de las manos caminaron entre la espuma de las olas hasta topar
con una gran roca. Alcanzaron la cima justo a tiempo para ver cómo el sol terminaba
su viaje cotidiano y se hundía en el horizonte; algunas nubes tomaron un matiz
rosa y dieron paso al fulgor resplandeciente de un atardecer que dejó atónitos
a los fugitivos.
Una gama de tonos inimaginables pincelaba el firmamento:
Llameantes anaranjados, rojos profundos que se tornaban en violeta y púrpura, como
si de magia se tratara, iluminando el cielo con destellos dorados que al
reflejarse en el mar componían un arrebol de belleza sobrenatural.
Era la fiesta de boda, organizada para ellos por el
universo. El indio y la blanca cautivados por el paisaje se abrazaron en una
misma emoción. El alma y los sentimientos no reconocen diferencias, ni de raza
ni de nivel social.
La roca escondía una cueva en sus entrañas y Lenderi decidió
que pasarían la noche allí. Los enamorados se durmieron; los besos y las
caricias, fueron la única cobija a su cansancio. Cuando la noche cruzaba su
punto más oscuro, al indio lo despertó una bulla. Creyó saber de qué se
trataba, pero al incorporarse para buscar la lanza, cuatro brasas chispearon a
la entrada de la cueva. Tembló de pánico. Eran tigres. Su miedo aumentó al ver
que el más grande de los animales destrozaba a un soldado del comendador que intentó
entrar a la cueva, después a otro y otro más. El otro tigre, la hembra, estaba alerta
cuidando la espalda de su compañero. Los enamorados escuchaban las órdenes del
comendador.
—¡Deteneos! Es
inútil tratar de entrar a esa cueva. Con ese par de tigres es imposible que ese
indio maldito tenga a mi hija escondida allí. Volvamos. ¡Incapaces! Ese
condenado debe haber tomado la dirección opuesta.
—Y al fin, ¿qué pasó con los novios? —pregunté con
un nudo en la garganta.
—Nunca se supo —dijo Paulina—. Muchos
creen que a la mañana siguiente se adentraron en el mar y nadaron hasta llegar
a Japón.
— ¿Y el caballo? —insistí en preguntar.
— ¡También...!
El temporal
Elena estaba en el quinto sueño cuando su china la zarandeó con
suavidad.
—Despierte, niñita dormilona —le susurró.
—Nooo, muy temprano, está muy oscuro.
—Nada de eso, ya es tarde, más bien tardísimo. Son pasadas las seis y
media; lo que sucede es que está nublado. Tenés que volar para llegar a tiempo
al colegio.
Cierto, estaba oscuro, tan oscuro que la casa era alumbrada con las
luces eléctricas como si fuera de noche.
—¿Tenemos que ir al colegio, papá?
—¿Tenemos que ir al colegio, papá?
—Por supuesto. Ustedes no son de azúcar, no corren el riesgo de
disolverse... De todas maneras, pregúntenle a su mamá.
—Que vayan —dijo doña Dolores y agregó—. Eso sí, que las lleve Manuel en
el carro.
—Claro —dijo doña Dolores.
Y salieron.
—Pegate más a Elisa, Margaret. Rafaela meté la panza. Aquí vamos como
sacando manteca.
—Si la Toña no fuera tan nalgona tendríamos más espacio.
—Niña irrespetuosa —protestó la china— ¿Para decir semejante
malacrianza es que te mandan a un buen colegio?
Todas rieron a carcajadas, excepto Manuel que, imperturbable, conducía;
sabía que la lluvia multiplicaba los peligros. El agua chorreaba en cascadas
sobre las ventanas del auto, dando la impresión que manos alocadas abrían y
cerraban cortinas a prisa en una insulsa jugarreta, digna de las bromas de las
pasajeritas, pero que podría acabar muy mal. Los parabrisas, que Manuel puso a
trabajar a la mayor velocidad posible, perdían la batalla contra el viento
furioso que lanzaba oleadas de agua al cristal. Una oscuridad obstinada le
impedía la visibilidad. Manuel se concentraba en adivinar por dónde iba y dónde
debía detenerse para doblar la esquina, haciendo el recorrido casi por
intuición.
El agua no paraba, llovía desde hacía más de seis horas. Las calles semejaban
riachuelos, las pocas personas que iban caminando parecían agobiadas por el
peso de los capotes y los sombreros de hule; otras trataban de resguardarse con
cartones y periódicos debajo de los aleros de las casas. A las
nueve y media de la mañana, el agua seguía cayendo.
En el colegio, las monjas, considerando la fuerte borrasca, tomaron una
decisión rápida y la consignaron en un comunicado entregado por la madre
Caridad y la madre Lola a las empleadas que llevaban a las alumnas externas el
refresco de las diez y media de la mañana. La nota explicaba: “Debido a las torrenciales lluvias, se avisa
a los padres que las clases serán suspendidas por el resto del día. Favor
enviar por sus hijas tan pronto como les sea posible. Atentamente, madre
Eugenia Victoria, superiora del Colegio
de La Asunción”.
En el campo, la lluvia también azotaba. Luisa, la hija de Toña, china de
Elena, vivía en la comarca del Mayalar.
—¿Cuándo parará de llover, doña Tere?
—¿Cuándo parará de llover, doña Tere?
—Tendremos agua para rato —contestó la vieja—. Ayer vi a los pájaros
volar en círculos y las hormigas con alas se han multiplicado, es señal de
temporal largo.
—Menos mal que ya tengo lista casi toda la ropa del niño y que Rigo
terminó de pintar la cuna.
Según los cálculos de Luisa, faltaban unas dos semanas para el parto de
su primer hijo. Cuando llegara el momento, Rigo, su compañero, la llevaría a la
ciudad porque doña Dolores había hablado con las religiosas del Hospital San Vicente para que la recibieran.
—Mi nieto —presumía la Toña con sus amistades—. Va a nacer bien atendido
en el hospital, como un niño rico.
Pero la suerte quiso otra cosa.
—¡Aayyyy!
—¡Aayyyy!
Doña Tere dejó caer la escoba.
—¡Doña Teeeeere, doña Teeeeere… ¡No puedo levantarme!
Luisa yacía tendida sobre el lodo que se había formado en el patio.
—¡Doña Teeeeere, doña Teeeeere… ¡No puedo levantarme!
Luisa yacía tendida sobre el lodo que se había formado en el patio.
—Creo que me partí en dos la rabadilla, doñita.
—Agárrate de mi brazo, hija —La mujer trataba de ayudarla, pero Luisa no
hacía más que encorvarse, sosteniéndose la panza.
—¡Aayyy! ¡No puedo! El vientre me da unos jalones horribles, algo se me
quiere desprender de adentro. ¿Será que se golpeó mi muchachito?
—No fregués, muchacha —dijo alarmada la suegra—. A lo mejor la caída te
está provocando el parto.
—¿Usted cree, doña Tere? Entonces corra, vaya a llamar a Rigo para que me lleve al hospital.
—¡Juaana, Juuuana! ¡Se cayó la Luisa!
—¿Usted cree, doña Tere? Entonces corra, vaya a llamar a Rigo para que me lleve al hospital.
—¡Juaana, Juuuana! ¡Se cayó la Luisa!
A los gritos de doña Tere acudieron Rigo, Juana y El Coto. La lluvia seguía copiosa.
—Qué va —repetía Rigo, mientras cargaba a la Luisa hasta la cama. —Con
esta lluvia no podemos ni intentar salir a la carretera. La encajonada debe ser
ya un lodazal.
La Luisa temblaba, agobiada por los dolores y el temor de no ser bien
atendida.
—Yo traje varios chavalos al mundo, hija —le dijo doña Tere, con el afán
de ofrecerle una esperanza.
—Si El Coto me presta sus bueyes, tal vez podamos
salir en carreta —comentó Rigo.
La lluvia aporreaba sin misericordia el techo de la casita, igual que el
corazón de Luisa. Los truenos se confundían con los gritos de la parturienta y
los relámpagos iluminaban el cuarto donde la joven, ayudada por su suegra, empezaba
a traer su hijo al mundo. De vez en cuando se oía el crujido de la rama de un
árbol que caía doblegada por la fuerza del viento. Luisa sentía que también
ella estaba por quebrarse. La pelvis se le había ensanchado y le ardía, era un
calor insoportable. El sudor corría por su cara resbalandosele en la boca, salado y
tibio, mezclado con lágrimas.
—¡Doña Tere, la lluvia ya llegó a mi cama! Nos ahogaremos, doña Tere — gritaba la primeriza— Se ahogará mi muchachito.
—¡Doña Tere, la lluvia ya llegó a mi cama! Nos ahogaremos, doña Tere — gritaba la primeriza— Se ahogará mi muchachito.
—Calmate, calmate, Luisita, que eso que sentís no es agua de la lluvia,
es el agua de la fuente que se te rompió. Respirá profundo… Tenés que coger fuerzas
para cuando te toque pujar.
—¿Cuándo me toca empujar?
—¿Cuándo me toca empujar?
Ante semejante ignorancia, Juana y doña Tere intercambiaron miradas.
Juana buscaba mantas y toallas secas; el nerviosismo atacaba a todos
ante la impotencia para resolver la emergencia. Las cosas estaban ahora en
manos de Dios y de la madre naturaleza. Luisa, un poco adormilada, tuvo la
sensación de tener la cabeza de la criatura entre las piernas y enseguida
sintió la contracción que la obligó a pujar con toda su fuerza.
—Sos una pencona —la animaba la suegra—. Vos sí que sos una mujer de
verdad. Ahora, ahora, es cuando debés pujar… ¡Más, más, un poco más!
—No puedo más, voy a reventarme. Eso es lo que me va a pasar, voy a
reventarme o partirme en dos, no voy a aguantar…
—Claro que vas a poder, Luisa, pensá en tu muchachito, tenés que
ayudarle a nacer bien —decía Juana mientras le secaba el sudor.
—Mirá que ha decidido vencer al mal tiempo y nacer en su casa. Va a ser
hombre de campo, como su papa. Orgulloso, no
quiso ir al hospital —bromeaba la Juana.
—Ya veo la cabecita… ¡Ya viene! ¡Ya viene! Pujá, chiquita, seguí
pujando… Falta poco!
Las dificultades de vivir en el campo se hacían sentir en la población pobre
de aquellos tiempos. Sus limitaciones eran grandes, ni el gobierno ni los
terratenientes querían saber de sus carencias, por lo que se hallaban en el
desamparo. Aun así, en ese ambiente hostil, de caos e insalubridad, el que
venía al mundo luchaba por valerse de sus propios impulsos para abrirse camino.
En el corredor de la casita Rigo contemplaba el diluvio, pálido por el
susto. El problema no había sido conseguir los bueyes, el problema era lo
torrencial del aguacero. Se mordía los labios y cerraba la mano derecha en un
puño, impotente ante la dificultad.
—Escuchá lo que está diciendo el radio —le había dicho El Coto— De nada sirve que enganchemos la carreta.
“Se estima que en las doce
horas de lluvia han caído aproximadamente 210 milímetros de agua. Los ríos se
han desbordado sobre la carretera; muchos puentes han sido destruidos por las
fuertes corrientes ocasionando accidentes fatales. Se sabe que una camioneta,
en la que viajaba la doctora Fátima Monarca, se precipitó a las aguas en el
puente ‘El Tamarindo’. Hasta el momento no se han encontrado los cuerpos de los
pasajeros…”
Por encima del estallido de los truenos y el ruido de la
lluvia, Rigo escuchó el llanto. Se paralizó. Prestó más atención. Sí, era el
llanto de un bebé como jamás había oído; un bebe fuerte, tenaz, decidido a
desafiarlo todo: rayos, lluvia, viento, con tal de imponer su presencia.
Lo que Rigoberto ignoraba era que ese recién nacido sería
miembro de una nueva generación que inconforme con el destino que le tocaba a
su gente y que, consciente de sus menguadas condiciones, desafiarían los
paradigmas de esa sociedad en defensa de sus derechos.
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