Wednesday, July 17, 2019

LOS AÑOS SESENTA Y SETENTA-ESTAMPAS DE LA ÉPOCA





LAS RAÍCES DE LA DISCORDIA
                                                (Una revolución inútil)
                                                 Recuerda y relata

                                                  Gina Sacasa-Ross
 

LOS AÑOS SESENTA  Y SETENTA

 

El Descontento

La organización de la sociedad nicaragüense en clases sociales, asentada desde los tiempos de la colonia, había dejado huellas profundas, causas del atraso, igual que en toda la América española. Por eso, en la Nicaragua de finales de los años cincuenta y principios de los sesenta se observaba una marcada diferencia de clases, difícil de superar tanto en lo social como en lo económico.

Para el hijo de un campesino, la esperanza de obtener el título de propiedad de una pequeña parcela era difícil de realizar. Una muchacha de condición humilde no se atrevía a soñar con establecer un hogar con un joven de sociedad, aunque sí, muchas terminaban aceptando la posición de concubinas de señoritos y señorones, a cambio de beneficios mínimos.

Un comerciante de origen modesto sabía de antemano que le costaría conseguir financiamiento para expandir su negocio. Sin embargo, a finales de los años cincuenta el escenario social empezó a experimentar un movimiento positivo, leve pero creciente.

El régimen de Somoza puso más atención al crecimiento económico del  país, amplió la capacidad de las plantas de energía, se construyeron carreteras y se impulsó la diversificación de productos de exportación. Incluso, el gobierno creó un banco nacional de fomento para respaldar iniciativas empresariales privadas, y con inversión extranjera fue instalada una refinería. Se observaba que una clase media pujante, educada y ambiciosa, luchaba por desarrollarse en Nicaragua: Surgieron empresas novedosas y actividades de entretenimiento.

El concepto de desarrollo urbano irrumpió con atractivos “repartos residenciales”, sobre todo en la capital, Managua. Se volvía común ver circular automóviles lujosos de último modelo. Diferentes casas comerciales ofrecían toda clase de artículos para el hogar y la moda; y hasta se podía obtener financiamiento para viajar de vacaciones a Miami y Panamá. Empezaba a prevalecer la percepción de que el secreto de la prosperidad había sido descubierto.

No obstante, en la realidad ese secreto pertenecía a la clase dirigente. Tantos años de dictadura somocista habían articulado en Nicaragua una “argolla de poder”, contra la cual se estrellaban los esfuerzos de gente emprendedora.

Para establecer algún negocio de envergadura, las personas o las entidades requerían la venia de la jerarquía socioeconómica en el gobierno, lo cual significaba un ingente tráfico de influencias y corrupción.

Paralelo o debido a esa situación, algunos ciudadanos, en especial jóvenes universitarios de clase media y baja, se sintieron atraídos por el señuelo de las tesis comunistas. Cobijados por “gente pudiente” o escondidos en viviendas de barrios marginales cuando no estaban en la espesura de las montañas, los fundadores del movimiento clandestino que llegaría a derrocar a la dictadura, diseminaron sus  ideales y proyectos a sotto voce por todo el país. Inspirados en el marxismo-leninismo, hablaban de solidaridad  humana, de justicia social y del dominio de los bienes de producción, como bases para el desarrollo de la sociedad.

Para infundir legitimidad y aceptación popular, bautizaron a su agrupación Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en memoria del aguerrido combatiente campesino, Augusto C. Sandino, cuyo irreductible nacionalismo fue admirado por muchos nicaragüenses y más allá de las fronteras, perfilándose como un líder del cambio del statu quo en los años 30, por impulsar la unidad nacional contra la política intervencionista extranjera y defender con las armas la soberanía de la patria.

 

 

ESTAMPAS DE LA ÉPOCA

 


Lo conocí hace tiempo cuando él trabajaba como empleado del Distrito Nacional. Un día supe que había preferido dejar su empleo y montar una ferretería.

El Infon me va a financiar. Ya me aprobó el préstamo, pero como los trámites llevan algún tiempo, para comenzar hipotequé mi solar y en cuanto me aflojen la plata, lo libero me comentó.

Estaba entusiasmado. Había conseguido un local amplio en la calle 14 de Septiembre, la que se perfilaba como una arteria de gran movimiento.

¿Qué le parece el punto, amigo? Yo creo que es ideal. Abarco desde Campo Bruce hasta Larreynaga. ¿No? Si es lo que le digo. Esta calle en Managua será de tráfico serio.

Aunque el edificio era modesto, él había mandado a hacer una hermosa fascia de zinc, en la que anunciaba en grandes letras el nombre del establecimiento, los materiales que ofrecía, el horario de atención al público y el número de teléfono.

Gracias a Dios pude conseguir el teléfono pronto. No crea que no me costó. Pero suplicando por aquí, con halagos por allá, me lo instalaron hace una semana; ahora sólo falta que coja línea o no sé cómo vaina le llaman ellos, pero lo que soy yo, estoy contentísimo.

¿Y por qué está pintando las puertas en verde?

Mire, le voy a contar. Son inventos míos porque he leído que ese color es muy tranquilo. Quiero ofrecer a mis clientes y empleados un ambiente bonito, tener buenas relaciones con ellos. Con mis empleados, voy a observar las leyes correctamente; tendrán seguro social, séptimo día, vacaciones, indemnización ... En fin, quiero crear un sentido de compañerismo y solidaridad. Esa es parte de mi meta, no solamente el lucro económico...

Por eso que me relató, me dolió saber después lo que le había sucedido; verlo en el estado en que lo vimos todos los del barrio. Los ojos llameantes, descontrolados, saltando de sus órbitas.

Ferretería La Esperanza había abierto sus puertas, para servir a la ciudadanía, unos diez meses antes. Pasé felicitando a su flamante dueño a pocos días de su inauguración, y casi no tuvo tiempo de atenderme, la clientela lo acaparaba. Él, encantado, se hacía mil, atendía, impartía órdenes, contestaba preguntas... Le dije unas cuantas palabras deseándole lo mejor y me fui.

Ahora, al verlo en ese estado, también murmuro unas palabras y salgo. Me mortifica pensar cómo se le destruyó “la esperanza” a este pobre hombre en tan poco tiempo.

El Infon no le  aprobó la cantidad  solicitada, sino una menor y además tardaría mucho en desembolsar el dinero. Había que firmar la escritura de hipoteca que respaldara el préstamo, presentar solvencias y tantos papeles que requerían de un tiempo largo para obtenerlos. El primer gran disgusto se lo llevó cuando una mercadería que tenía reservada se la vendieron a otro, porque ya no podían seguir esperando el pago.

¡Aló! ¡Aló! Escúcheme, el Infon me prometió el dinero para la próxima semana... Sí, sí, ya sé que tenía que haberlo pagado... ¡Se cortó la comunicación! Teléfonos de porra... ¡Aló! ¡Aló!, habla el dueño de la ferretería La Esperanza, óigame, espéreme hasta el jueves... ¿Cómo? ¿Imposible? ¿Qué, qué? ¿El nuevo pedido viene más caro?

Por otro lado:

Jefe, se acabó el colorante rojo.

No, hombre, si apenas antier se abrió el barrilito de 200 libras.

Sucedía que sus empleados no estaban respondiendo como él esperaba, a pesar de las puertas verdes y demás consideraciones. Las tarjetas de inventario reflejaban bajas injustificadas de muchos artículos y comenzó a sospechar que en todo había una confabulación para arruinarlo. El Infon no acababa de darle la plata, los empleados le robaban porque sin dinero suficiente no podía contratar un contador o un gerente que le ayudara a controlar las cosas. Todo lo tenía que hacer él y veía cómo escaseaban las mercancías, sin poderlas reponer. El poco dinero de que disponía lo empleaba para pagar el alquiler y abonar los impuestos.

Diario iba al Infon a presionar por su préstamo. Primero lo atendía un muchacho joven, después lo pasaron con una licenciada que cada vez le salía con que le faltaba un pequeño detalle y esto impedía el desembolso. Ese día había encontrado a su mujer muerta en llanto de la vergüenza, porque un acreedor le mandó a embargar la refrigeradora en su casa de habitación; y apenas llegó a la ferretería se topó con el dueño del local que llegaba a cobrar la renta; despuesito entró el comprador de una compañía constructora, de las grandes de la ciudad, con quien había logrado cerrar un considerable pedido de tejas de zinc.

—Mirá, hombré, vos sabés que ese zinc lo necesito desde ayer. Si no vas a poder llevarlo al plantel mañana mismo, devolveme los chambulines que te adelanté y me voy a comprarlo a una ferretería responsable.

Comenzó a sentir que la cabeza le ardía, escuchaba unos ruidos como redobles de tambor adentro, imágenes vistas en el Infon se le proyectaban en la mente como película; vio cómo un conocido amigo del régimen, saltando sobre todos los trámites, salía contentísimo con su cheque entre abrazos y felicitaciones de los altos empleados. A él, en cambio, le ponían toda clase de trabas.

“Es pura burocracia”, pensó y un sabor amargo invadió su paladar. Oyó ruidos en la parte de la bodega y para su desgracia alcanzó a ver cómo dos de sus empleados se robaban un rollo de alambre. Ahí empezó el descontrol. Salió con la pistola desenfundada, los abofeteó y conminó a los ladrones a devolver el alambre. Los corrió, los llamó ignorantes, malagradecidos, haraganes, aprovechados, viciosos, dignos de la suerte que vivían.

En un instante perdió la razón, se bajó los pantalones y se cagó en el mostrador, embadurnó con la suciedad las puertas verdes que él mismo pintara con tanta ilusión y, para su ruina, cuando un hombre entró al establecimiento con un rótulo en la mano y buscó la manera de sosegarlo, explicándole que venía de parte del Infon, quién sabe con qué fuerza demoníaca el enloquecido comerciante zarandeó al tipo derribándolo en presencia de muchos curiosos que se habían enterado del escándalo pero no se atrevían a detener al pobre hombre enfurecido.

Transformado en bestia el frustrado empresario, doblegaba al enviado del Infon en el suelo sentándose sobre él, todo sucio como estaba. Alguien llamó a la policía porque nadie se atrevía a enfrentarlo, aunque para entonces el rollo de alambre que se querían robar los empleados se hallaba como sonda gástrica dentro del infeliz emisario, cuya única misión había sido informar al comerciante que su dinero ya estaba disponible y que colocaría en el frente de la ferretería el clásico rótulo: Infon desarrollando


 

La madre fugitiva

Oyó el rumor de los pasos y se agazapó detrás del cerco de piñuelas. La patrulla se detuvo y uno de ellos comentó:

—Esta es la casa de la Juana Betanco, donde la mujer vivió antes de irse a Managua. Entremos a ver.

En cuclillas, ella permaneció inmóvil, aguantando el dolor agudo en el vientre que de pronto, quizás por la posición o el miedo, se hacía más fuerte y le subía hasta el pecho, oprimiéndole la garganta, nublándole la mente. Había vuelto a su pueblo de donde tal vez no debió haber salido nunca. Si se hubiera quedado en la casa de los parientes con quienes se había criado, aunque fuera levantándose a las cuatro de la mañana para acarrear agua, nesquisar maíz y moler tortillas, como la habían obligado a trabajar, a lo mejor no tendría que andar huyendo como ahora. Pero jovencita como era, sintió la curiosidad de conocer la capital y se puso contenta cuando entró de sirvienta a aquella casa. Tenía una habitacioncita para ella sola y le permitían dormir hasta las seis de la mañana.

La primera vez que el patrón la manoseo se estuvo acordando de su tía Juana. “En Managua te puede llevar el diablo, dicen que allí se mantiene suelto. ¿No ves que por eso fue que pasó lo del terremoto?”, la había advertido.

Al comienzo, a ella eso no le pareció cierto. Las dos veces que el patrón la llevó al cine habían visto historias requete bonitas. Las mujeres en esas películas usaban vestidos súper escotados y además no tenían reparo en dejarse besuquear por todos lados y hasta acostarse con varios hombres, pero al final todo les salía bien.

—Así suceden las cosas en el gran mundo, así es como se triunfa —le había comentado él.

Para qué… Al principio él parecía buenísima persona. Así se lo hizo saber ella la noche que la llevó a comer a aquel lugar llamado El Chanchito.

—¿Sabés, patrón? Doy gracias a Dios por haber entrado a servir a tu casa. Sos tan amable, tan bueno. ¿Por qué te tomas estas molestias conmigo?

—Porque sos una chavala muy guapa y yo siento que te quiero mucho.

El día que él le colgó al cuello una cadenita de oro con una medallita de la virgen, ella ya no tuvo cómo negarse. Y fueron felices hasta que la barriga le empezó a engordar.

—¿Vos estás embarazada, muchacha? ¡Cómo no me lo dijiste antes! ¡Así no te puedo tener! Ni quiera Dios. No tengo hijos ¿y voy a estar aguantando cipotes ajenos? ¿Qué te has creído? ¡Te me vas, te me vas ya de mi casa!

De alguna manera esperó que él le ayudara, lo buscó muchas veces. ¿Cuántas? Cinco, seis, diez…

—Entendeme, Bertita, yo no puedo hacer nada, menos dejar que alguien nos vea juntos ahora que mi mujer sabe que vos estás preñada. Dios me libre, me acaba. Lo mejor es que desaparezcás del mapa, que te olvidés de mí…

El dolor volvió, le apretó el vientre, acalambrándole las piernas. Lo que le convenía era huir, pero adentro de la cabeza se le había instalado el llanto del recién nacido, martillándole las sienes. Se arrastró pegando la oreja a las tablas de la casita de la Juana.

—Al niño lo hallaron aquí cerca. La desalmada lo botó en la quebradita esa, la que queda antes de entrar al pueblo. No tuvo compasión de dejar un recién nacido tirado como un perro. Viera cómo lo encontraron, todo comido de hormigas. Por eso la andamos buscando para encerrarla. Mujeres como ésa no pueden quedar libres, hay que castigarlas…

Tenía que irse, huir. Ella decidió abandonar a su hijo para que muriera. Era mala, mala, y la andaban buscando para meterla presa. ¿Qué le pasaba que no huía? Sabía que podía escapar entre los montes, ella conocía bien todos esos atajos y parajes. La guardia no la seguiría por esos rumbos. El cuerpo, sin embargo, no se le movió sino para acercarse más a las paredes de la vivienda. Necesitaba escuchar mejor, quería saber más de la suerte de su hijo.

Pobrecito, había muerto comido por las hormigas. Cuánto habría sufrido… tan chiquitito. Ojalá se haya desmayado desde el primer momento en que quedó tirado. Diosito, que no haya sufrido mucho, que las hormigas le hayan matado con las primeras picaduras.
Señor, cómo no lo pensé antes. Mejor hubiera sido tirarme junto con mi hijito en la parte más profunda del río para morir con él. Apenas lo conoció, lo odió. Lo odió por rubio, por parecerse a su padre, por tan blanco, por ser tan como los ricos. Sin embargo, también lo amaba, empezó a llorar; era suyo y ya no lo tenía. Había muerto comido por los insectos.

—¿A qué hora lo hallaron? —preguntó la Juana.

—Hace unas dos horas. Ese carajito se defendió duro. A pesar de que la cabecita era una sola llaga, él seguía vivo.

Dio un alarido y se levantó como un resorte. Al verla, los guardias se abalanzaron sobre ella, sujetándola  por las muñecas.

—Te lo dije, que ésta andaba cerca. ¡So, bestia! Ni intentés correr que te tengo bien agarrada.

Con el pelo enmarañado, la cara sucia, los ojos desorbitados y en las piernas hilos de sangre, la Berta gritaba entre llantos.

—Asegurame que está vivo, llevame donde mi hijo, quiero ver que esté bien, aunque después me metás presa y me ahorquen, pero quiero verlo vivo… ¡Por favor!

 
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Ansiedad y desgaste

El régimen dictatorial llevaba más de cuarenta años. Hacía más o menos treinta y seis años que la oposición trabajaba para eliminarlo; sin éxito, por supuesto.

De vez en cuando un grupo de opositores con más galillo lograba alzar la voz e intentaba propinar un golpe de estado o iniciar una nueva revuelta; y pronto eran sofocados sin alcanzar su objetivo. Sonado fue el caso de uno de esos grupos, apresado en la región norte del país donde los subversivos se adentraron en el corazón de la selva con la convicción de que su espesura sería su más fiel aliada.

Eran jóvenes idealistas de la clase acomodada del país, con buenas intenciones pero sin la experiencia de quienes se habían criado comiendo salteado y durmiendo donde les agarrara la noche. Por eso no tuvieron el temple de oponer una fiera resistencia al batallón de la Guardia Nacional, que los encontró arrodillados rezando el Santo Rosario. Cada fracaso de los opositores incrementaba las persecuciones de parte del régimen, y se contaban historias macabras entre la población.

—A Zutanito lo torturaron hasta matarlo y lo más sádico y espeluznante fue que, cuando dejaron el cuerpo tirado en las puertas del zaguán de su casa, llevaba su miembro metido en la boca. ¿Qué necesidad hay de hacer eso?  Decime vos…

La verdad, ya no se aguanta a este dictador. Hay mucho descontento en el pueblo.

Pese a todas las quejas y atentados la dictadura seguía incólume. Es más, cuando un joven suicida, Rigoberto López Pérez, poeta de origen humilde, logró herir de muerte al viejo dictador, la familia de este heredó el poder e instauró la dinastía que siguió gobernando Nicaragua tan campante como el Johnny Walker.

Muchos atribuían el éxito de los Somoza al respaldo incondicional que recibían de los Estados Unidos. Aunque, ¿por qué negarlo? El país no andaba del todo mal. Durante los períodos de mandato del hijo mayor del dictador asesinado y más tarde, en las postrimerías del gobierno del hermano menor, el país gozaba de una economía vigorosa, descollaba entre las repúblicas del istmo y hasta era conocido como “El granero de Centroamérica”.

Para alguien neófito en asuntos de Estado, los negocios florecían, se trabajaba con libertad, se había establecido el Seguro Social y funcionaban bien el sistema de salud y el de pensiones para los trabajadores que cumplían con sus cuotas.

Estaba claro que la generalidad de los habitantes sólo podía aspirar a dedicarse a negocios y comercios de bajo perfil. Sin dificultad se podía poner en operación una comercializadora de ventanas y puertas de vidrio, por ejemplo; una distribuidora de granos o una zapatería, un puesto de quesos o un restaurante.

Ahora, si pretendías dedicarte a algo de mayor nivel, algo más significativo, que reportara ganancias millonarias, como la fabricación de adoquines, una industria de aluminio, la instalación de una fábrica de cajas de cartón, la construcción de una carretera, un puente o un complejo de edificios o viviendas, te estarías metiendo en camisas de once varas porque esos negocios tenían que ser bendecidos. ¿Por quién? ¿Por quién más? Por la gente más influyente y codiciosa del gobierno.

Allí estaba el trabón. No adelantabas mucho si no gozabas de conexiones con poderosos que te patrocinaran, quienes, lo más probable, exigirían compartir con ellos las ganancias. O sea, en aquella época algunos hallaban maneras de vivir bien, mandar a sus hijos a un buen colegio o regalar viajes a su esposa de vez en cuando. Pero encontrar un buen filón y tener la oportunidad de trabajarlo de manera ardua y con honradez para salir de acomodado, era difícil, muy difícil.

En aquellos años, la gente humilde, los pobres, la pasaban como el perro apaleado. Su preocupación cotidiana era cubrir las necesidades básicas con un salario insuficiente y encontrar la manera de subsistir si el jefe de familia quedaba sin trabajo, como acontecía con frecuencia. Esa ansiedad les desgastaba.

La fatalidad parecía estar al mando de sus destinos, guiándoles por senderos oscuros, impidiéndoles ver alguna posibilidad de mejorar sus condiciones de vida. Además, el índice de criminalidad y violencia en sus barrios crecía como resultado de la falta de preparación escolar y de infraestructura social, aumentando el desconcierto y la inseguridad.

Hoy, miles de ciudadanos siguen enfrentando dificultades como las de antaño, atrapados en las sombras de la negligencia de “la elite de turno”. Pero, igual que antes, continúan demostrando una increíble capacidad de “normalidad”. Es admirable que comunidades abusadas puedan lograr día a día el milagro de subsistir y también amar, reír, soñar y abrigar esperanzas.

Así, el descontento de la población de escasos recursos, con su clamor silenciado y el peso de las limitaciones por la falta de oportunidades, servía de telón de fondo a esa efervescencia que ya se percibía en el ambiente.

Influía mucho aquel pequeño grupo de jóvenes que, retomando el nombre de un asesinado luchador contra la dictadura y el imperialismo, fomentaba una insurrección que agitaba a diversos sectores sociales con la consigna “Patria libre o morir”.

Con esta idea llegaron a convencer a políticos y empresarios opositores, de contribuir con la lucha que habría de llevar a un levantamiento armado.

Las manifestaciones, los paros y las huelgas eran producto de estrategias políticas organizadas, nunca decisiones de mentes humildes o de campesinos trabajadores. Esas actividades las planeaban los mandos superiores de la dirigencia insurgente; y la política, como se sabe, sirve para manipular al pueblo sencillo, el sector más vulnerable para ser utilizado. Son manipulados por los políticos, quienes se aprovechan de la ignorancia, las carencias, las privaciones y la falta de oportunidades.


 

ESTAMPAS DE LA ÉPOCA

 

La contribución

Una tarde, un puñado de armados entró en la finquita de Aníbal. En la casita vivía él con su mujer, Natalia, sus cinco chavalos y su suegra. El terreno abarcaba unas tres manzanas, donde Aníbal sembraba maíz y plátano y tenía tres vacas y dos chanchas.

Los armados le explicaron que eran revolucionarios y tenían el propósito de sacar del poder al dictador. Le dijeron que necesitaban su ayuda, le pidieron provisión de alimentos.

—¿Y yo qué puedo ofrecerles, hombré? —respondió Aníbal, dirigiéndose al que parecía ser el jefe de los armados.

—Lo que podás, lo que podás. Lo mejor sería algo de maíz, otro poco de plátanos y una de las chanchas.

Aníbal sintió que se le fruncía el estómago.

—No es que no quiera —les explicó—, lo que pasa es que me resulta dificultoso. ¿Que no ven el montón de chavalos que tenemos? Además, la vieja está bien enferma. Con decirles que pensamos ir al pueblo a vender una de las chanchas para que el médico la vea y poder comprarle medicinas.

—Querer es poder, hombré —replicó el armado—. Nosotros no queremos quitarte nada, solo te contamos que andamos con necesidad. Lo que te digo es lo siguiente: Hoy por mí y mañana por vos. A lo mejor esta es tu oportunidad para contribuir con tu patria; a lo mejor cuando ganemos te podemos devolver la ayuda.

Aníbal quedó pensativo. Llamó a la Natalia y le habló en voz baja un rato.

—Vamos a darles lo que nos piden —dijo al fin.

La Natalia tenía los ojos anegados de lágrimas cuando estaba desamarrando la chancha.


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Tiembla el sistema

Las actividades de los sandinistas al comienzo de los sesenta eran consideradas por la población como rumores; no obstante, con el transcurrir del tiempo cobraron credibilidad.

Era vox populi que día a día más jóvenes, sobre todo estudiantes universitarios, se unieran a sus filas. Los obreros que veían con buenos ojos la causa revolucionaria, alimentaron la confianza de los rebeldes, quienes descubrían con esas demostraciones que su plan no era del todo descabellado.

A mediados de los setenta, los expertos en análisis político opinaban que los adeptos a la dictadura decrecían mientras se duplicaban los admiradores de los revolucionarios, colocando a los sandinistas en la parte alta del subibaja.

El sentimiento de solidaridad de un alto porcentaje de la ciudadanía atizó la audacia de los guerrilleros, más cuando un comando rebelde logró tomar como rehenes a importantes funcionarios del régimen reunidos en una fiesta en Managua, en la mansión de un conocido empresario.

Después de ejecutar al dueño de la casa, los insurrectos plantearon  al gobierno un pliego de demandas para la liberación de los secuestrados. Alcanzaron un éxito rotundo al lograr canjear la vida de algunas de las personas secuestradas por la libertad de decenas de sus camaradas que guardaban prisión por subversivos.

También lograron una importante suma de dinero y publicidad internacional, porque parte del trato incluía que su causa fuera difundida. Después de esa proeza, “los muchachos”, como la gente empezó a llamar a los sandinistas, tomaron tal velocidad en la carrera para derrocar al dictador que fue imposible detenerles.

En 1978, la población entera presentía el fin. De hecho el país vivía una guerra civil y los habitantes culpaban del caos a la obstinación del presidente por mantenerse en el poder. Los rebeldes avanzaron sobre ciudades importantes y eran contraatacados por la Guardia Nacional. Se desató el terror.

Escenas dantescas se convirtieron en sucesos cotidianos; barrios completos en distintas ciudades ardían en llamas por las órdenes del dictador de bombardear sin tregua, hasta paralizar todo lo que se moviera. Sospechas sin más justificación que algún leve arañazo, eran causa de encarcelamiento y torturas. Para poner remedio a tanto horror, obreros, estudiantes y hasta empresarios, pequeños y grandes, se unieron en un solo bloque y organizaron una protesta que incluyó un paro general demandando el fin de la dictadura.

 


 

Noche de enmascarados

Le parecía irreal todo lo que sucedía desde hacía unas horas. Al comienzo creyó que se trataba de un vulgar asalto, y despacio su cerebro absorbió la realidad, permitiéndole ver la dimensión. Cómo podía pasar todo eso, se interrogaba. La situación tenía que arreglarse pronto, por negociaciones con los encargados de liberar a los rehenes.


Le urgía salir de allí antes de las diez de la mañana. En ninguna circunstancia podía dejar de firmar la solicitud de crédito que llevaría su abogado ese mismo día a Nueva York; de lo contrario, perdería el préstamo: cinco millones de dólares. Bueno, tal vez no se perdería totalmente, pero sí sufriría un enorme atraso. Además, si se le daba mucha publicidad al asunto, quizás el banco gringo entrara en miedo y se negara a hacer la transacción. Aunque este último empréstito le había causado más dolores de cabeza que los anteriores, siendo aquellos más cuantiosos, había superado todos los tropiezos encontrados para conseguir el aval. Cierto que tuvo que poner en su lugar a unos cuantos tipos, recordándoles quién era él, y sonrió al pensar en el incauto aquel que cometió la osadía de advertirle que ya le habían otorgado demasiados avales.
Como autómata trató de soltar el nudo de su corbata, cuando la punta de una metralleta hincándole las costillas le cortó el hilo de los pensamientos y le devolvió a la presencia de aquel individuo con la cara deformada por la máscara, listo para impedirle hasta el menor movimiento. Recorrió con la vista a los grupos de invitados que ahora se llamaban rehenes, todos empresarios importantes o altos funcionarios del gobierno que, como él, tendrían programados para ese día convenios de negocios que engordarían sus cuentas bancarias, nacionales y extranjeras.
Escuchó un susurro: “Necesito ir al baño”. Era su mujer. Durante la fiesta no le dedicó tiempo a ella, se había concentrado en halagar a la señora M. Ahora, de repente, la sentía cerca; quiso levantarse para acompañarla, pero la presión enérgica de la metralleta le obligó a quedarse inmóvil.
No pensó más en el préstamo millonario ni en sus negocios. Ahora su esposa llenaba su pensamiento, imaginó que sería violada por el asaltante desconocido que la escoltaba para ir al baño. Sintió rabia y la amargura de la impotencia. Sin saber por qué, lo atrapó un sentimiento profundo y doloroso, percatándose de que la amaba igual que hacía años, como antes de que existieran en su vida las Ligias, Nydias, Gabrielas, Silvias, Rosarios, Indianas, Guadalupes... Y todas las que lo acosaban diario, por montón, para conseguir puestos, pasajes, préstamos o recomendaciones, y habían causado que el amor para él se convirtiera en algo oportunista, divertido, novedoso, trivial. De pronto ahora experimentaba la sensación de volver a amar, como cuando era joven y puro y se enamoró de aquella muchacha a quien le gustaba caminar descalza sobre la arena de la playa.
Ella volvió del baño escoltada por el asaltante. Él respiró aliviado y le sonrió al enmascarado con auténtico agradecimiento. Abrazó a su mujer con delicadeza y le desarrugó los pliegues del vestido elegante. Ella, aterrorizada durante varias horas por el violento desconcierto que vivían, se sentió protegida y casi dichosa. Cuántos años sin ver en los ojos del esposo esa mirada de ternura. Cuánto tiempo sabiendo que sus manos acariciaban a otras mientras ella iba marchitándose, relegada del corazón del hombre amado por causa del endiosamiento que le había provocado la sobredosis de poder. Aún lo amaba y los años de sufrimiento parecían borrarse ahora en medio del peligro, mientras él le musitaba con un dejo de sinceridad que lo perdonara y lo amara como antes.
Él, invadido por una oleada de dulzura, sintió deseos de acariciarla y poseerla. Le recorría emocionado las mejillas con los dedos, sin reparar en que ya no eran tersas como las de la jovencita de tiempos idos. La mente se le pobló con los recuerdos de aquella playa, ella con su traje de baño blanco, su cuerpo cimbreante... La atrajo hasta tenerla acurrucada sobre su pecho, sintiendo la misma emoción que les estremecía cuando se acariciaban las manos en aquel cine al que iban a escondidas cuando eran novios.
El enmascarado vigilante se mostró sorprendido ante la escena. Estaba convencido de que todos esos rehenes era gente con los sentimientos atrofiados y en sus corazones solo albergaban ambición y deseos de fama, pero estaba descubriendo algo contrario: Esa pareja se amaba, se había amado siempre, al menos eso expresaban. Adrede, volteó el rostro hacia otro lado y dejó que hablaran tranquilos de su amor.
Concluido el asalto horas después, entre los rehenes muertos estaba la pareja. En sus semblantes se percibía una gran paz. Cuando sus cuerpos fueron rescatados, aún tenían las manos entrelazadas.

 
“Compadre guardabarranco,
hermano del viento, del canto y la luz,
decime si en tus andanzas
viste una chavala llamada Arlen Siu”.
Carlos Mejía Godoy

Esta lastimera pregunta hecha canción fue lanzada al aire por las estaciones de radio nacionales, convirtiéndose en espléndido fertilizante que hizo florecer simpatías, millares de simpatías para la causa guerrillera.
La pasión por el combate la había heredado Arlen, lo más probable de su padre, un chino nacido en la provincia de Guan-dong, en la costa sur de China. El viejo Siu había vivido en carne propia los sufrimientos infligidos por gobiernos dinásticos y despóticos de una China sacudida por luchas armadas en contra de la dinastía Manchú. Como muchos de sus coterráneos, comulgó con el fervor nacionalista que llevaría a la formación de la primera república del Asia, la República de China fundada por el Dr. Sun Yat-sen, que terminaría dividida, al final de la guerra librada por el gobierno del general Chiang Kai-shek contra los comunistas, en la República de China en Taiwán y la República Popular de China en el continente.
En medio de estas guerras ideológicas y fratricidas había crecido Siu, con mil ideas remolineando en su joven cerebro. Por un lado, su pobreza y las pocas oportunidades que percibía para salir de ella le incitaban la idea de abandonar su tierra natal. Por el otro, siguiendo la mezcla de corrientes ideológicas y formalismos burocráticos requeridos por el régimen de Mao, participaba en las actividades partidarias como la Gran Marcha.
Sin embargo, cuando un hermano mayor le informó que se había logrado establecer en Nicaragua, tomó la decisión de ir a ese país centroamericano donde esperaba encontrar al menos un clima tropical con abundante lluvia, similar al de su patria. Llevó consigo pocas cosas, pero guardó en su corazón las creencias de sus antepasados. Por ejemplo, fiel a su religión budista y sus tradiciones culturales, no dudaba en albergar en su hogar a un compatriota que necesitara de amparo en tierra extraña.
Más tarde, con los años, le contaría a su hija aquellas costumbres, no como una forma de disciplina, sino para compartir con su descendencia una parte de sí. Lo hacía en momentos en que disfrutaba con toda la familia, después de la comida en un día especial o quizás en una de esas ocasiones que algunos padres saben distinguir. Siu aprovechaba para inculcar en sus hijos ideas, memorias y experiencias acumuladas a lo largo de su vida.
Esas enseñanzas cayeron de manera pródiga en la mente fértil de Arlen. La seducían porque encajaban con sus inquietudes de transformar el país que la vio nacer, en beneficio del pueblo. Ese país lo sentía suyo con todo derecho, porque su padre encontró allí, además del clima tropical y lluvioso con que había soñado, una mujer que lo amara. Con ella contrajo nupcias, formó un hogar y procreó hijos. En Arlen, la prédica de su padre atizaba las brasas de la inquietud revolucionaria; recibía invitaciones constantes de personas conocidas, algunas admiradas por ella, para unirse al grupo subversivo que estaba luchando en las montañas contra el gobierno.
A los 18 años ya se identificaba con la consigna ¡Patria libre o morir! De sólo pensar en participar en aquella gesta guerrillera, la sangre bullía en sus venas
Es posible que el “compañero” que le dio la bienvenida al movimiento, se frotara las manos de satisfacción al pensar en el provecho que esa jovencita, tan apasionada como inexperta, le daría a la causa.
Arlen se entregó al servicio de la revolución. Desde el inicio de su militancia en la insurgencia, la muchacha se reveló como una fiel propagadora de la causa. Encendía pasiones patrióticas con su voz, su juventud y el fulgor de sus ojos rasgados, exóticos, seductores que evocaban tierras lejanas de costumbres ancestrales. Tocaba la guitarra y cantaba; había sido una celebridad como estudiante y artista en la Escuela Normal de Señoritas, en su ciudad natal.
Ahora, los estudiantes de la Universidad Nacional quedaban hechizados al escucharla. No solo cantaba, también escribía ensayos sobre el marxismo y el feminismo, que sirvieron de inspiración al movimiento revolucionario y al movimiento nacional de mujeres.
Aquella mañana de agosto de 1975, en el campamento de entrenamiento militar guerrillero todo iba normal. Los reclutas eran adiestrados en tácticas de la guerra de guerrillas y operaciones de combate. La escuela clandestina estaba oculta en un bosque del municipio El Sauce, la tropa, si merecía llamarse tropa al puñado de hombres y mujeres armados que estaban en el campamento, aprovechaba las haciendas y huertos cercanos para ir a pedir o robar provisiones para su subsistencia.
Eran tierras fértiles, en las fincas cultivaban plátano, maíz y frijol en abundancia, criaban ganado vacuno y porcino y aves de corral. Algunos finqueros contribuían con gusto a las demandas de los guerrilleros porque coincidían con sus anhelos de derrocar a la dictadura; otros veían los asaltos con malos ojos, tildando de ladrones a los revolucionarios.
Una de las instructoras de la escuela guerrillera, quizás la más fogosa, era Arlen. Su ardor libertario rayaba en la temeridad. Exigía a los compañeros bajo su instrucción, una entrega total, “absolutamente necesaria”, recalcaba, “para poder vencer las embestidas del tirano”.
A la vez, les alimentaba el ego fomentándoles ínfulas de héroes. “No olviden jamás”, repetía, “que somos los escogidos, somos la vanguardia, nos ha sido revelado el sueño de un país libre; de nuestra valentía dependerá que ese sueño se convierta en realidad”.
Cuando miembros de la Guardia Nacional irrumpieron en el campamento escuela, Arlen los enfrentó con su habitual arrojo. Sus enemigos fueron estremecidos por su belleza y coraje, pero no le perdonaron la vida. La “chinita” murió en ese combate, cayó abatida bajo un frondoso Malinche y, por una maravillosa coincidencia, hojas y flores del árbol se deslizaron como un manto sobre su cuerpo. Era una mañana transparente, soleada.
¿Qué pasaría por la mente de Arlen en su último momento? ¿Vería los ojos oblicuos de su padre o las manos tersas de su madre? O quizás el sueño de ver crecer a los niños bajo la revolución que ella imaginaba.
El rojo encendido de las flores sobre el cuerpo de la guerrillera casi niña, parecía un homenaje de la naturaleza a su ilusión de libertad y cambios. En su boca quedó esbozada una sonrisa.
 
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La caída de Somoza
El presidente de los Estados Unidos, Jimmy Carter, cortó la ayuda militar al dictador. Sabiéndose perdido, Somoza renunció y abandonó el país. Los guerrilleros entraron triunfantes a la capital el 19 de julio de 1979.
Las celebraciones por la victoria de la revolución eran apoteósicas. La bandera roja y negra del Frente Sandinista de Liberación Nacional ondeaba ufana bajo el cielo nicaragüense. Radio Sandino dejó la clandestinidad y se escuchaba en todo el territorio nacional, y a su llamado, miles de personas llenaron las calles de ciudades y pueblos. El grito ¡Viva Nicaragua Libre! resonaba en todos los confines del país. Su eco se deslizaba sobre las aguas de lagos, ríos y mares, se colaba en la espesura de las montañas y alcanzaba la superficie de las mesetas y llanuras.
Una muchedumbre se agolpaba en la antigua Plaza de la Republica de Managua, que el mismo día sería rebautizada Plaza de la Revolución, para saludar a la nueva junta de gobierno. Los altoparlantes proclamaban el fin de los abusos de la dinastía, que Nicaragua jamás volvería a soportar dictaduras ni permitiría gobiernos que actuaran como amos. La gente bailaba, se abrazaba, gritaba; las iglesias echaban al vuelo las campanas.
Pueblo y gobierno trabajarían hombro con hombro para levantar de las cenizas a la nación destruida por el somocismo y su guardia pretoriana. Era tan grande la emoción que apretaba pechos y gargantas, haciendo desbordar las lágrimas. Esperanzados, los nicaragüenses creían vislumbrar en el cielo el nuevo amanecer prometido.
 

 


 






Tuesday, July 16, 2019

PREAMBULO-LOS AÑOS CUARENTA Y CINCUENTA-ESTAMPAS DE LA ÉPOCA


  LAS RAÍCES DE LA DISCORDIA

                                                (Una revolución inútil)

 


 

    Gina Sacasa-Ross



PREÁMBULO
Según cita la historia, las ciudades de León y Granada fueron fundadas en 1524 por el conquistador español, Francisco Hernández de Córdoba. En 1528, la Corona Española estableció la Provincia de Nicaragua, dependiente de la Audiencia de Guatemala. A partir de 1786, la Intendencia de León, creada por Real Cédula, formó parte de la Capitanía General de Guatemala, sujeta al Virreinato de la Nueva España.
Estas dos ciudades, igual que las otras creadas en el Nuevo Mundo por los colonizadores, reflejaban las estructuras de sus homólogas españolas en cuanto a trazo y arquitectura, pero sus sistemas económico y social obedecían más a la explotación y al saqueo, conductas generadas por las desmedidas ambiciones de riqueza y poder que motivaban a los conquistadores españoles.  
Sobre esas abusivas bases de gobierno se desarrolló la historia fundacional de la República de Nicaragua, cuna de estos recuerdos.
 
El ascenso de Somoza García
 Trescientos años después de haber sido colonizada por España, el camino al desarrollo no había sido fácil para Nicaragua. Buscando encajar en el mundo civilizado, tras pertenecer a los españoles había dependido del Primer Imperio mexicano y luego fue parte de las Provincias Unidas del Centro de América y de la República Federal de Centroamérica, hasta emerger como el Estado de Nicaragua y en 1854 se establece como la República de Nicaragua. Era joven, bella y exótica, dejando entrever en su cálida y húmeda geografía la promesa de un tesoro para quien la poseyera: dos océanos lamían sus costas. Esos atributos la convirtieron pronto en objeto de deseo de las potencias de la época, exponiéndola a nuevas olas de ambición. Y lo lamentable, algunos de sus hijos, encargados de administrarla y defenderla, en vez de comportarse con cordura se dejaban arrastrar por intereses egoístas, enfrascándose en guerras intestinas por el poder.
En unas de esas guerras estaba Nicaragua en 1909, por el resentimiento entre hermanos que no lograban entenderse, cuando los líderes de los principales partidos políticos, Conservador y Liberal, buscaron la protección de gobiernos extraños y abrieron las puertas a ejércitos extranjeros. Los Estados Unidos de América, con el pretexto de ayudar, envía más de 400 marines a Nicaragua e inicia en 1913 un “protectorado” en el país.
Para muchos nicaragüenses era una intervención e invasión al país, y uno de ellos, Augusto C. Sandino, empedernido nacionalista, se dedicó con sus valientes seguidores a hostigar sin tregua a los yankees invasores, con el propósito de hacerles entender que debían desalojar Nicaragua.

Era un mensaje escrito con sangre. Los yankees terminaron retirando sus tropas del territorio, aunque mantuvieron el control del poder. Por eso, el gobierno de los Estados Unidos propuso al de Nicaragua organizar la Guardia Nacional. Las pláticas al respecto iniciaron en 1923 con el presidente Bartolomé Martínez y culminaron el 23 de abril de 1925  con el presidente Carlos Solórzano.
Anastasio Somoza García, hijo del senador y hacendado caraceño Anastasio Somoza Reyes y su esposa Julia García, era un apuesto y astuto joven que hablaba el idioma de los norteamericanos; no solo en el estricto lenguaje, sino también en las ambiciones.
Esas afinidades tendieron el puente para una asociación entre Somoza García y los dirigentes norteamericanos. Ellos encontraron en Tacho al colaborador incondicional que necesitaban y éste, la escalera al poder. Con el respaldo norteamericano, o mejor dicho, debido a eso, Somoza García accedió pronto a cargos importantes.
En 1933 las últimas tropas de la Infantería de Marina de los Estados Unidos abandonaron Nicaragua, pero Washington había logrado su propósito de instalar una Guardia Nacional, colocando como primer jefe a su gran amigo, Anastasio Somoza García, quien ostentaba el rango de Mayor General gracias a la influencia de sus poderosos aliados.                           El 21 de febrero de 1934 Sandino es asesinado.
A partir de ese día todo parece ir de maravilla para Somoza García, quien, con extraordinarias habilidades de liderazgo, negociación y oportunismo, logra sortear los escollos políticos y toma posesión como presidente de Nicaragua el 1 de enero de 1937.
Su carrera militar siguió en ascenso hasta conseguir el grado de General. La década de los 40 del siglo XX encuentra a Nicaragua bajo el gobierno de Anastasio Somoza García, fundador de la dinastía somocista que duraría 43 años en el poder.
[1] Tacho era el nombre con que se conocía popularmente a Anastasio Somoza García.
 

ESTAMPAS DE LA ÉPOCA
El amanecer
Es media noche, la ciudad duerme. Sus calles coloniales, tan coquetas de día, lucen lóbregas bajo el velo de la oscuridad, causa sin duda de recelo para cualquiera que las transite.
Solo la luna, vagabunda intrépida, se atreve a recorrerlas. Hasta parece divertirse al filtrar sus rayos plateados entre altos y vetustos campanarios, portones coloniales y recodos intrincados, recreando los dramáticos diseños de luces y sombras que han dado pie a leyendas centenarias, mitos, creencias y temores. Mientras, los pobladores sumidos en el sueño entretienen sus mentes con fantasías que quizás no recordarán al despertar.
El firmamento se va tiñendo de cristal, oro y rosa. Ha comenzado el amanecer.
Como duendes traviesos, algunos ruidos penetran poco a poco en el  hondo sopor y hacen que la noche se apresure a recoger su manto negro y dé paso a la aurora. Cual piezas necesarias para componer el gran rompecabezas que la vida arma y desarma cada día, los sonidos van tomando sus puestos. Al romper el alba, las aves revolotean sobre las copas de los árboles; el chirrido de las carretas cargadas de leña y maíz y el traquetear de los carretones tirados por caballos, trayendo al pueblo la leche, también irrumpen y desplazan el silencio de la madrugada. Llegan de distintos rumbos y según la estación, verano o invierno, el postillón, que es el mismo lechero, estará lleno de polvo o empapado por la lluvia.
A la espera de estos carretones siempre hay mujeres de todas las edades, son las encargadas de preparar los alimentos en los hogares porque los hombres se van temprano a las labores del campo. Ellas ya tienen organizadas las tareas: disponer la leña para calentar el café de la mañana, nesquisar[1] el maíz y preparar la masa para echar las tortillas que, calientes aún, han de llegar a las familias en el pueblo. Con estas tortillas y los atoles, también de maíz, que los hijos mayores saldrán a vender, las madres con pocos recursos contribuyen al sostén de su casa.
Aquella mañana fue la Chona, mujer de piel tostada como el cacao, entrada en años aunque todavía con brazos firmes y andar ágil, quien dejó caer la noticia:
 —Parió doña Dolores, dicen que fue un parto difícil, pero la niña vino bien.
Para las demás mujeres era noticia de alegría, pues la gente humilde ahí es de buen corazón. Empezaron a hacer planes para ir a conocer a la niña, a suponer parecidos y mientras unas decían que sin lugar a dudas se parecería al padre, las otras aseguraban que iba a heredar la gracia de la madre.
La conversación cesó cuando llegó el lechero. Todas se arremolinaron frente a la mesa donde despachaban la leche, y como cualquier otro día, aquellas mujeres que minutos antes conversaban con amenidad, pasaron a darse codazos y pisotones, disputándose un espacio, mostrando cada una su lado egoísta aunque de bondad estuvieran sobradas.
Mientras, la niña de doña Dolores dormía con placidez entre pañales de seda y sabanitas bordadas en Miñardí, aún sin conciencia de por qué estaba allí.
Si la niña hubiese podido expresarse, habría contado que por mucho tiempo disfrutó un vaivén acuoso como de ola que la mecía y a la vez  la desplazaba dentro de aquel globo en que había concebido la vida, del que de repente, sin el menor aviso fue forzada a deslizarse  por un túnel oscuro arrastrada por una corriente de agua que a veces parecía mermar su ímpetu, produciéndole la sensación de que podía asfixiarla y, no obstante, la impulsaba a continuar buscando la salida. Contaría también que más tarde sintió otro empujón… y después otro y luego otro más, hasta que al fin se encontró de frente con una extraña brillantez que le impidió abrir los ojos de inmediato.
La recién nacida se fue acostumbrando a la dura superficie en la que ahora reposaba, percibió el calor agradable de las mantitas que la arropaban, un claro indicio de que sabría reconocer lo positivo de las situaciones. Bien por ella, había llegado a este mundo equipada con buen temple. Contaría también que la emocionó mucho escuchar voces que la hicieron comprender que no estaba sola.
—Me us ta mi e ma ni ta— dijo una voz tierna y entrecortada, voz de ángel de ala rota que la niña logró reconocer.
—Y la vas a tener que cuidar mucho— respondió una voz varonil que ella también había escuchado.
—Pásenme a la niña, es hora de amamantarla— se escuchó otra voz adulta que la recién nacida identificó al instante, era la voz más cercana que había escuchado durante los nueve meses que había permanecido en ese globo. Era la que le cantaba, le conversaba y le contaba historias; la voz que aprendió a distinguir con rapidez y hacía que su cuerpecito se agitara.
Sus “reflexiones” fueron interrumpidas por alguien que la transportó con suavidad y amor a un lugar mullido y tibio, desde donde podía escuchar los latidos de un corazón cuyo ritmo también le era conocido, pues la había acompañado en cada instante de su largo viaje. Respiró tranquila, segura de que estaba siendo protegida y abrió los ojos por primera vez. El susto le volvió de nuevo al toparse con una gran bola que al final tenía una punta. Sintió que la atraían hacia esa punta y se sobrecogió de temor, pero el instinto la hizo comprender lo que la voz le decía.
 —Chupa, mi cielo, chupa—. Y una mano amorosa tomó su manita. 
Los labios inexpertos de la recién nacida resbalaban frustrando su intento de mamar, hasta que al fin un líquido de sabor agradable le mojó la boca. Era ese su primer triunfo y encabezaría la lista de batallas que la vida le haría enfrentar.
Se durmió con la boquita entreabierta.
Alguien comentó:
 —Mírenla, está sonriendo; seguro que está soñando con los angelitos.
Por la ventana de la habitación se coló un hilo de luz y un poco del bullicio de la ciudad de León que desde el amanecer recuperaba su alegría habitual.  La vida seguía su curso.  





[1] Nesquisar: Palabra proveniente del náhuatl nextli que significa ceniza y quetza que significa mantener: Preparar el maíz para las tortillas, cociéndolo con ceniza.



 


Las amigas

El repicar de las campanas de las cien iglesias despierta a los colegiales.

En esta ciudad tropical, la madre tierra se encarga de calentar en su vientre el agua para los niños que se bañan tempranito, quienes con los cabellos húmedos y los cordones de los zapatitos a medio amarrar, van camino a sus clases.

Los residentes en el centro, si son niñas, llevan el uniforme con gola de marinero que distingue a las alumnas del colegio de La Asunción. Si son varones, llevan el uniforme del colegio San Ramón. Los de los otros barrios se encaminarán al colegio Santa Rosa de niñas o al colegio Los Hermanos Cristianos de varones.

Los niños con menores recursos, igual que las hijas o hijos de casa, como se llama a los niños que sus padres dejan en casas de padrinos o patrones para que se puedan alimentar mejor y asistan a la escuela, irán a las instituciones públicas. Su horario de clases se reduce porque deben regresar a hacer oficios en las casas donde viven.

—Yo quiero que Carmelita me acompañe al colegio. Informaba Elena a su mamá.

—No seas terca. Te he explicado que Carmelita va a la otra escuela porque el horario es menos pesado que el de La Asunción. Recuerda que ella tiene que ayudar a su madre en la cocina.

—Bueno, entonces llevala a la salida del colegio, a esperarme. Quiero que vaya al club conmigo, para que nos comprés un helado.

—Está bien, pero mejor no la invités al club. Vamos a ir donde Prío. 

—Me encantan los helados de Prío, son riquísimos y también las leche de burra[1].

—Tenés toda la razón. Hasta pienso que el club compra su helado donde Prío —dijo la mamá.

Las niñas se fueron a clases.

La hija de doña Dolores aprendía francés, el idioma de las monjitas de La Asunción.

Ma Mère, voulez-vous donner moi l´autorisation de sortir? preguntaban las alumnas para ir al baño. Y rezaban—: Je vous salue, Marie, pleine de grâce.
Le Seigneur est avec vous.

Carmelita, en su escuela, aprendía tareas que la convertirían en una excelente ama de llaves, pero lo que ella deseaba era aprender a coser y bordar.

Aquella tarde, cuando doña Dolores la llevó a esperar a la niña, Carmelita no cabía en sí de gozo, más cuando se enteró que irían a comer helado. “Me cumplió la niña Elenita”, pensaba, “me cumplió. ¡Al fin voy a conocer el club!”

Sin embargo, en vez de entrar al club como ella esperaba, siguieron de largo hasta llegar a la esquina de Prío. Sintió una desilusión pasajera porque ya donde Prío, los ojos casi se le salen cuando le pusieron delante la gran copa de sorbete[2]. Y desbordó de alegría al recibir, además, una bolsita de papel encerado repleta de leches de burra.

Las miradas de las niñas se encontraron. Rieron felices, sin diferencias entre sí. A ambas les corría sorbete y leche de burra por las comisuras de los labios.



[1] Leche de burra: Es un caramelo artesanal a base de leche, propio de Nicaragua.
[2] Sorbete: Es un postre helado. Se diferencia del helado por no contener ingredientes grasos, además de no incluir yema de huevo. Por esta razón su textura es menos firme, más líquida y menos cremosa que la del helado.






La peña del tigre

Cómo recuerdo el mar. Aquel mar de Poneloya que al verlo la primera vez amedrenta. No solo por su inmensidad, sino también por lo vasto de sus costas y la altivez y fuerza de sus olas; pero al conocerlo, como llegué a conocerlo, bañándome en sus aguas año tras año, caminando sobre su arena, recogiendo sus conchas y escalando sus rocas, uno aprende a quererlo de tal manera que por siempre lleva su murmullo en el corazón, aunque nos encontremos a miles de millas de distancia.

“Al otro lado está el Japón”, me informaba Paulina, gran conocedora del asunto porque vivía en Poneloya siempre. Sus padres, don Julio y doña Rita, eran propietarios de uno de los negocios más prósperos del lugar, el restaurante El Pariente Salinas. Yo, en cambio, sólo pasaba allí temporadas, las vacaciones largas. Las escuelas, al finalizar el curso, concedían tres meses de descanso que comenzaba en marzo y finalizaba en mayo, justo con la llegada de las primeras lluvias del invierno. Mis  padres trasladaban su residencia de León a la casa del mar, por lo menos un mes de los tres de vacaciones.

¡Cómo cobraba vida esa pequeña aldea costera en ese tiempo! Las casas, que la mayor parte del año pasaban vacías, se llenaban de muchachos que formaban grupos según su edad.

Los más pequeños eran los primeros en aparecer en la costa. A las seis de la mañana se les veía con sus baldes y palas; perseguían punches, recogían caracoles y estrellas de mar o construían castillos en la arena.  Sus chinas[1], vestidas siempre de uniforme, los cuidaban de cerca, conversando entre sí pero atentas a los chiquillos.

¡Estás demasiado cerca del agua, Álvaro!gritó una de ellas—. Acordate que no tenés permiso ni de mojarte los pies. Debés esperar a que tu papá despierte y venga a la playa.
El niño obedecía. Aunque, deseoso de ver aparecer la figura de su padre con frecuencia volvía la vista  hacia el corredor del frente de su casa que, en aquel entonces, era perfectamente visible desde la plana y ancha playa.

Los mayorcitos aparecían cerca de las ocho de la mañana. Solían caminar por la costa, a veces en dirección a la Bocana o en sentido contrario, hacia Las Peñitas. El recorrido a esa hora era un deleite, el sol todavía no caldeaba la arena y una marea mansa se acercaba tímida a la orilla, lamiéndola con suavidad.

Sin embargo, los conocedores sabían que así iniciaba un nuevo turno del perenne desafío entre el mar y la costa; llevaban siglos retándose. Más tarde el océano cambiaría de táctica; envalentonado, quizás por la pasividad de su contrincante o impulsado por causas desconocidas, decidiría lanzar olas enormes sobre su estacionaria oponente, inundándola. Año tras año, ese constante despliegue de fuerza daría al mar ventaja y la playa de Poneloya sufriría serios efectos de erosión.

Los jóvenes mayores de 17 años despertaban entrada la mañana. Eran los trasnochadores. Para ellos, la diversión ya no era tanto bañarse en el mar, sino jugar naipes hasta altas horas de la noche o participar de una lunada, un baile o una serenata.

Todos los veraneantes se conocían entre sí. Muchas de mis amiguitas pasaban sus temporadas allí, así como mis hermanas y yo. Jugaba y me divertía en grande con ellas, aunque prefería conversar con Paulina, me encantaba porque me dejaba perpleja con las mil cosas que relataba.

Una atracción para los veraneantes era subir a la cima de La Peña del Tigre al atardecer, de donde se contemplaba mejor la puesta del sol. Ahí estábamos cuando Paulina me preguntó:

¿Vos sabés por qué a esta roca le dicen La Peña del Tigre?

contesté. Porque tiene la forma de un tigre.

Nada de eso dijo Paulina—. Fijate bien que se parece más a un oso.

Como dije, ella sabía de esos temas más que yo.

Entonces, ¿por qué le llaman así?

Porque hace mucho, mucho tiempo, una bella muchacha española, hija del comendador, estaba por casarse con otro español mucho mayor. Ella no lo hacía porque lo quisiera, lo hacía obligada por sus padres, principalmente por su papá que era ambicioso y calculador. Él había arreglado con el “novio” el pago de una fuerte cantidad de dinero a cambio de la mano de su hija. La pobre muchacha lloró durante el trayecto de su casa a la iglesia de Sutiaba, no solo porque admitió que sus amigas tenían razón de burlarse de los besos asquerosos que su marido le daría en la noche de la boda, sino, también, porque ella se había hecho novia en secreto de Lenderi, un joven estudiante indio.

Cuando la comitiva de la boda llegó a las gradas de la iglesia, la novia se elevó y desapareció en un suspiro. Aquello fue tan repentino que los presentes se desconcertaron, y hasta el comendador tardó minutos en comprender lo que había pasado.

Seguidlo —por fin gritó a sus guardias, encolerizado— Seguid a ese indio mal nacido que ha raptado a mi hija.

Le llevaron su caballo y él también partió tras el raptor.

Mientras tanto, la novia se abrazaba dichosa al pecho de su amor quien le decía palabras de aliento:

No te  mas

vi  da  mía 

To do va a es tar bi en

So lo es tan do mu er to 

hu bie ra yo per mi ti do

que te ca sa ras con o tro

Ella no lograba entenderlas pues por la velocidad con que cabalgaban, las sílabas se quebraban y se dispersaban en el aire. Pero ella no necesitaba entenderlas, el sólo contacto con la piel del joven la llenaba de valor.

Los que sí percibieron los requiebros que Lenderi decía a su enamorada, fueron sus perseguidores. El eco de las palabras llegó a los rastreadores indicándoles el rumbo que seguía la pareja.

El caballo de Lenderi, comprendiendo el deseo de los jóvenes de alcanzar un sitio seguro, volaba. Al fin, el jinete aflojó las riendas y el animal se detuvo. Estaban a la orilla del mar. Lenderi ayudó a su amada a desmontar y tomados de las manos caminaron entre la espuma de las olas hasta topar con una gran roca. Alcanzaron la cima justo a tiempo para ver cómo el sol terminaba su viaje cotidiano y se hundía en el horizonte; algunas nubes tomaron un matiz rosa y dieron paso al fulgor resplandeciente de un atardecer que dejó atónitos a los fugitivos.

Una gama de tonos inimaginables pincelaba el firmamento: Llameantes anaranjados, rojos profundos que se tornaban en violeta y púrpura, como si de magia se tratara, iluminando el cielo con destellos dorados que al reflejarse en el mar componían un arrebol de belleza sobrenatural.

Era la fiesta de boda, organizada para ellos por el universo. El indio y la blanca cautivados por el paisaje se abrazaron en una misma emoción. El alma y los sentimientos no reconocen diferencias, ni de raza ni de nivel social.

La roca escondía una cueva en sus entrañas y Lenderi decidió que pasarían la noche allí. Los enamorados se durmieron; los besos y las caricias, fueron la única cobija a su cansancio. Cuando la noche cruzaba su punto más oscuro, al indio lo despertó una bulla. Creyó saber de qué se trataba, pero al incorporarse para buscar la lanza, cuatro brasas chispearon a la entrada de la cueva. Tembló de pánico. Eran tigres. Su miedo aumentó al ver que el más grande de los animales destrozaba a un soldado del comendador que intentó entrar a la cueva, después a otro y otro más. El otro tigre, la hembra, estaba alerta cuidando la espalda de su compañero. Los enamorados escuchaban las órdenes del comendador.

¡Deteneos! Es inútil tratar de entrar a esa cueva. Con ese par de tigres es imposible que ese indio maldito tenga a mi hija escondida allí. Volvamos. ¡Incapaces! Ese condenado debe haber tomado la dirección opuesta.

Y al fin, ¿qué pasó con los novios? pregunté con un nudo en la garganta.

Nunca se supo dijo Paulina. Muchos creen que a la mañana siguiente se adentraron en el mar y nadaron hasta llegar a Japón.

¿Y el caballo? —insistí en preguntar.

¡También...!



[1] China: Nicaragüismo que significa nana o niñera, quien cuida a los niños pequeños.



El temporal

Elena estaba en el quinto sueño cuando su china la zarandeó con suavidad.

—Despierte, niñita dormilona —le susurró.

—Nooo, muy temprano, está muy oscuro.

—Nada de eso, ya es tarde, más bien tardísimo. Son pasadas las seis y media; lo que sucede es que está nublado. Tenés que volar para llegar a tiempo al colegio.

Cierto, estaba oscuro, tan oscuro que la casa era alumbrada con las luces eléctricas como si fuera de noche.
¿Tenemos que ir al colegio, papá?   

—Por supuesto. Ustedes no son de azúcar, no corren el riesgo de disolverse... De todas maneras, pregúntenle a su mamá.

—Que vayan —dijo doña Dolores y agregó—. Eso sí, que las lleve Manuel en el carro.

La china trajo los capotes y los bultos[1].
¿Podemos llevar a las Mitchell?, preguntó Elena.

—Claro —dijo doña Dolores.

Y salieron.

—Pegate más a Elisa, Margaret. Rafaela meté la panza. Aquí vamos como sacando manteca.

 —Si la Toña no fuera tan nalgona tendríamos más espacio.

 —Niña irrespetuosa —protestó la china— ¿Para decir semejante malacrianza es que te mandan a un buen colegio?

Todas rieron a carcajadas, excepto Manuel que, imperturbable, conducía; sabía que la lluvia multiplicaba los peligros. El agua chorreaba en cascadas sobre las ventanas del auto, dando la impresión que manos alocadas abrían y cerraban cortinas a prisa en una insulsa jugarreta, digna de las bromas de las pasajeritas, pero que podría acabar muy mal. Los parabrisas, que Manuel puso a trabajar a la mayor velocidad posible, perdían la batalla contra el viento furioso que lanzaba oleadas de agua al cristal. Una oscuridad obstinada le impedía la visibilidad. Manuel se concentraba en adivinar por dónde iba y dónde debía detenerse para doblar la esquina, haciendo el recorrido casi por intuición.

El agua no paraba, llovía desde hacía más de seis horas. Las calles semejaban riachuelos, las pocas personas que iban caminando parecían agobiadas por el peso de los capotes y los sombreros de hule; otras trataban de resguardarse con cartones y periódicos debajo de los aleros de las casas. A las nueve y media de la mañana, el agua seguía cayendo.

En el colegio, las monjas, considerando la fuerte borrasca, tomaron una decisión rápida y la consignaron en un comunicado entregado por la madre Caridad y la madre Lola a las empleadas que llevaban a las alumnas externas el refresco de las diez y media de la mañana. La nota explicaba: “Debido a las torrenciales lluvias, se avisa a los padres que las clases serán suspendidas por el resto del día. Favor enviar por sus hijas tan pronto como les sea posible. Atentamente, madre Eugenia Victoria, superiora del  Colegio de La Asunción”.

En el campo, la lluvia también azotaba. Luisa, la hija de Toña, china de Elena, vivía en la comarca del Mayalar.
¿Cuándo parará de llover, doña Tere?

—Tendremos agua para rato —contestó la vieja—. Ayer vi a los pájaros volar en círculos y las hormigas con alas se han multiplicado, es señal de temporal largo.

—Menos mal que ya tengo lista casi toda la ropa del niño y que Rigo terminó de pintar la cuna.

Según los cálculos de Luisa, faltaban unas dos semanas para el parto de su primer hijo. Cuando llegara el momento, Rigo, su compañero, la llevaría a la ciudad porque doña Dolores había hablado con las religiosas del Hospital San Vicente para que la recibieran.

—Mi nieto —presumía la Toña con sus amistades—. Va a nacer bien atendido en el hospital, como un niño rico.

Pero la suerte quiso otra cosa.
¡Aayyyy!

Doña Tere dejó caer la escoba.
¡Doña Teeeeere, doña Teeeeere… ¡No puedo levantarme!
Luisa yacía tendida sobre el lodo que se había formado en el patio.

—Creo que me partí en dos la rabadilla, doñita.

—Agárrate de mi brazo, hija —La mujer trataba de ayudarla, pero Luisa no hacía más que encorvarse, sosteniéndose la panza.

¡Aayyy! ¡No puedo! El vientre me da unos jalones horribles, algo se me quiere desprender de adentro. ¿Será que se golpeó mi muchachito?

—No fregués, muchacha —dijo alarmada la suegra—. A lo mejor la caída te está provocando el parto.
¿Usted cree, doña Tere? Entonces corra, vaya a llamar a Rigo para que me lleve al hospital.
¡Juaana, Juuuana! ¡Se cayó la Luisa!

A los gritos de doña Tere acudieron Rigo, Juana y El Coto. La lluvia seguía copiosa.

—Qué va —repetía Rigo, mientras cargaba a la Luisa hasta la cama. —Con esta lluvia no podemos ni intentar salir a la carretera. La encajonada debe ser ya un lodazal.

La Luisa temblaba, agobiada por los dolores y el temor de no ser bien atendida.

—Yo traje varios chavalos al mundo, hija —le dijo doña Tere, con el afán de ofrecerle una esperanza.

—Si El Coto me presta sus bueyes, tal vez podamos salir en carreta —comentó Rigo.

La lluvia aporreaba sin misericordia el techo de la casita, igual que el corazón de Luisa. Los truenos se confundían con los gritos de la parturienta y los relámpagos iluminaban el cuarto donde la joven, ayudada por su suegra, empezaba a traer su hijo al mundo. De vez en cuando se oía el crujido de la rama de un árbol que caía doblegada por la fuerza del viento. Luisa sentía que también ella estaba por quebrarse. La pelvis se le había ensanchado y le ardía, era un calor insoportable. El sudor corría por su cara resbalandosele en la boca, salado y tibio, mezclado con lágrimas.
—¡Doña Tere, la lluvia ya llegó a mi cama!  Nos ahogaremos, doña Tere — gritaba la primeriza— Se ahogará mi muchachito.

—Calmate, calmate, Luisita, que eso que sentís no es agua de la lluvia, es el agua de la fuente que se te rompió. Respirá profundo… Tenés que coger fuerzas para cuando te toque pujar.
—¿Cuándo me toca empujar?

Ante semejante ignorancia, Juana y doña Tere intercambiaron miradas.

Juana buscaba mantas y toallas secas; el nerviosismo atacaba a todos ante la impotencia para resolver la emergencia. Las cosas estaban ahora en manos de Dios y de la madre naturaleza. Luisa, un poco adormilada, tuvo la sensación de tener la cabeza de la criatura entre las piernas y enseguida sintió la contracción que la obligó a pujar con toda su fuerza.

—Sos una pencona —la animaba la suegra—. Vos sí que sos una mujer de verdad. Ahora, ahora, es cuando debés pujar… ¡Más, más, un poco más!

—No puedo más, voy a reventarme. Eso es lo que me va a pasar, voy a reventarme o partirme en dos, no voy a aguantar…

—Claro que vas a poder, Luisa, pensá en tu muchachito, tenés que ayudarle a nacer bien —decía Juana mientras le secaba el sudor.

—Mirá que ha decidido vencer al mal tiempo y nacer en su casa. Va a ser hombre de campo, como su papa. Orgulloso, no  quiso ir al hospital —bromeaba la Juana.

—Ya veo la cabecita… ¡Ya viene! ¡Ya viene! Pujá, chiquita, seguí pujando…  Falta poco!

Las dificultades de vivir en el campo se hacían sentir en la población pobre de aquellos tiempos. Sus limitaciones eran grandes, ni el gobierno ni los terratenientes querían saber de sus carencias, por lo que se hallaban en el desamparo. Aun así, en ese ambiente hostil, de caos e insalubridad, el que venía al mundo luchaba por valerse de sus propios impulsos para abrirse camino.

En el corredor de la casita Rigo contemplaba el diluvio, pálido por el susto. El problema no había sido conseguir los bueyes, el problema era lo torrencial del aguacero. Se mordía los labios y cerraba la mano derecha en un puño, impotente ante la dificultad.

—Escuchá lo que está diciendo el radio —le había dicho El Coto— De nada sirve que enganchemos la carreta.

Se estima que en las doce horas de lluvia han caído aproximadamente 210 milímetros de agua. Los ríos se han desbordado sobre la carretera; muchos puentes han sido destruidos por las fuertes corrientes ocasionando accidentes fatales. Se sabe que una camioneta, en la que viajaba la doctora Fátima Monarca, se precipitó a las aguas en el puente ‘El Tamarindo’. Hasta el momento no se han encontrado los cuerpos de los pasajeros…”

Por encima del estallido de los truenos y el ruido de la lluvia, Rigo escuchó el llanto. Se paralizó. Prestó más atención. Sí, era el llanto de un bebé como jamás había oído; un bebe fuerte, tenaz, decidido a desafiarlo todo: rayos, lluvia, viento, con tal de imponer su presencia.

Lo que Rigoberto ignoraba era que ese recién nacido sería miembro de una nueva generación que inconforme con el destino que le tocaba a su gente y que, consciente de sus menguadas condiciones, desafiarían los paradigmas de esa sociedad en defensa de sus derechos.



[1] Bulto: Maleta que usan los estudiantes para llevar los útiles escolares.