LAS RAÍCES DE LA DISCORDIA
Recuerda y relata
Gina
Sacasa-Ross
LOS AÑOS SESENTA
Y SETENTA
El Descontento
La
organización de la sociedad nicaragüense en clases sociales, asentada desde los
tiempos de la colonia, había dejado huellas profundas, causas del atraso, igual
que en toda la América española. Por eso, en la Nicaragua de finales de los años
cincuenta y principios de los sesenta se observaba una marcada diferencia de
clases, difícil de superar tanto en lo social como en lo económico.
Para el
hijo de un campesino, la esperanza de obtener el título de propiedad de
una pequeña parcela era difícil de realizar. Una muchacha de condición
humilde no se atrevía a soñar con establecer un hogar con un joven de
sociedad, aunque sí, muchas terminaban aceptando la posición de concubinas de
señoritos y señorones, a cambio de beneficios mínimos.
Un
comerciante de origen modesto sabía de antemano que le costaría conseguir
financiamiento para expandir su negocio. Sin embargo, a finales de los años cincuenta
el escenario social empezó a experimentar un movimiento positivo, leve pero
creciente.
El régimen
de Somoza puso más atención al crecimiento económico del país, amplió la
capacidad de las plantas de energía, se construyeron carreteras y se impulsó la
diversificación de productos de exportación. Incluso, el gobierno creó un banco
nacional de fomento para respaldar iniciativas empresariales privadas, y con inversión
extranjera fue instalada una refinería. Se observaba que una clase media
pujante, educada y ambiciosa, luchaba por desarrollarse en Nicaragua: Surgieron
empresas novedosas y actividades de entretenimiento.
El
concepto de desarrollo urbano irrumpió con atractivos “repartos residenciales”,
sobre todo en la capital, Managua. Se volvía común ver circular automóviles lujosos
de último modelo. Diferentes casas comerciales ofrecían toda clase de artículos
para el hogar y la moda; y hasta se podía obtener financiamiento para viajar de
vacaciones a Miami y Panamá. Empezaba a prevalecer la percepción de que el
secreto de la prosperidad había sido descubierto.
No
obstante, en la realidad ese secreto pertenecía a la clase dirigente. Tantos
años de dictadura somocista habían articulado en Nicaragua una “argolla de
poder”, contra la cual se estrellaban los esfuerzos de gente emprendedora.
Para
establecer algún negocio de envergadura, las personas o las entidades requerían
la venia de la jerarquía socioeconómica en el gobierno, lo cual significaba un
ingente tráfico de influencias y corrupción.
Paralelo
o debido a esa situación, algunos ciudadanos, en especial jóvenes
universitarios de clase media y baja, se sintieron atraídos por el señuelo
de las tesis comunistas. Cobijados por “gente pudiente” o escondidos en
viviendas de barrios marginales cuando no estaban en la espesura de las
montañas, los fundadores del movimiento clandestino que llegaría a derrocar a
la dictadura, diseminaron sus ideales y proyectos a sotto voce por todo el
país. Inspirados en el marxismo-leninismo, hablaban de solidaridad humana, de justicia social y del dominio de
los bienes de producción, como bases para el desarrollo de la sociedad.
Para
infundir legitimidad y aceptación popular, bautizaron a su agrupación Frente
Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en memoria del aguerrido combatiente
campesino, Augusto C. Sandino, cuyo irreductible nacionalismo fue admirado por muchos
nicaragüenses y más allá de las fronteras, perfilándose como un líder del
cambio del statu quo en los años 30, por impulsar la unidad nacional contra la
política intervencionista extranjera y defender con las armas la soberanía
de la patria.
ESTAMPAS DE LA
ÉPOCA
Lo conocí
hace tiempo cuando él trabajaba como empleado del Distrito Nacional. Un día
supe que había preferido dejar su empleo y montar una ferretería.
—El Infon me
va a financiar. Ya me aprobó el préstamo, pero como los trámites llevan algún
tiempo, para comenzar hipotequé mi solar y en cuanto me aflojen la plata, lo
libero —me comentó.
Estaba
entusiasmado. Había conseguido un local amplio en la calle 14 de Septiembre, la que se perfilaba
como una arteria de gran movimiento.
—¿Qué le
parece el punto, amigo? Yo creo que es ideal. Abarco
desde Campo Bruce hasta Larreynaga. ¿No? Si es lo que le digo. Esta calle en Managua será de tráfico serio.
Aunque el
edificio era modesto, él había mandado a hacer una hermosa fascia de zinc, en la
que anunciaba en grandes letras el nombre del establecimiento, los materiales
que ofrecía, el horario de atención al público y el número de teléfono.
—Gracias a
Dios pude conseguir el teléfono pronto. No crea que no me costó. Pero
suplicando por aquí, con halagos por allá, me lo instalaron hace una semana;
ahora sólo falta que coja línea o no sé cómo vaina le llaman ellos, pero lo que
soy yo, estoy contentísimo.
—¿Y por qué
está pintando las puertas en verde?
—Mire, le voy
a contar. Son inventos míos porque he leído que ese color es muy tranquilo.
Quiero ofrecer a mis clientes y empleados un ambiente bonito, tener buenas
relaciones con ellos. Con mis empleados, voy a observar las leyes
correctamente; tendrán seguro social, séptimo día, vacaciones, indemnización ... En fin, quiero crear un sentido
de compañerismo y solidaridad. Esa es parte de mi meta, no solamente el lucro
económico...
Por eso que
me relató, me dolió saber después lo que le había sucedido; verlo en el estado
en que lo vimos todos los del barrio. Los ojos llameantes, descontrolados, saltando
de sus órbitas.
Ferretería La Esperanza había abierto sus
puertas, para servir a la ciudadanía, unos diez meses antes. Pasé felicitando a
su flamante dueño a pocos días de su inauguración, y casi no tuvo tiempo de
atenderme, la clientela lo acaparaba. Él, encantado, se hacía mil, atendía,
impartía órdenes, contestaba preguntas... Le dije unas cuantas palabras
deseándole lo mejor y me fui.
Ahora, al
verlo en ese estado, también murmuro unas palabras y salgo. Me mortifica pensar
cómo se le destruyó “la esperanza” a este pobre hombre en tan poco tiempo.
El Infon no
le aprobó la cantidad solicitada, sino una menor y además tardaría
mucho en desembolsar el dinero. Había que firmar la escritura de hipoteca que
respaldara el préstamo, presentar solvencias y tantos papeles que requerían de
un tiempo largo para obtenerlos. El primer gran disgusto se lo llevó cuando una
mercadería que tenía reservada se la vendieron a otro, porque ya no podían
seguir esperando el pago.
—¡Aló! ¡Aló! Escúcheme,
el Infon me prometió el dinero para la próxima semana... Sí, sí, ya sé que
tenía que haberlo pagado... ¡Se cortó la comunicación! Teléfonos de porra...
¡Aló! ¡Aló!, habla el dueño de la ferretería La Esperanza, óigame, espéreme hasta el jueves... ¿Cómo?
¿Imposible? ¿Qué, qué? ¿El nuevo pedido viene más caro?
Por otro
lado:
—Jefe, se
acabó el colorante rojo.
—No, hombre,
si apenas antier se abrió el barrilito de 200 libras.
Sucedía que
sus empleados no estaban respondiendo como él esperaba, a pesar de las puertas verdes
y demás consideraciones. Las tarjetas de inventario reflejaban bajas
injustificadas de muchos artículos y comenzó a sospechar que en todo había una
confabulación para arruinarlo. El Infon no acababa de darle la plata, los
empleados le robaban porque sin dinero suficiente no podía contratar un
contador o un gerente que le ayudara a controlar las cosas. Todo lo tenía que
hacer él y veía cómo escaseaban las mercancías, sin poderlas reponer. El poco
dinero de que disponía lo empleaba para pagar el alquiler y abonar los impuestos.
Diario iba
al Infon a presionar por su préstamo. Primero lo atendía un muchacho joven,
después lo pasaron con una licenciada que cada vez le salía con que le faltaba
un pequeño detalle y esto impedía el desembolso. Ese día había encontrado a su
mujer muerta en llanto de la vergüenza, porque un acreedor le mandó a embargar
la refrigeradora en su casa de habitación; y apenas llegó a la ferretería se
topó con el dueño del local que llegaba a cobrar la renta; despuesito entró el
comprador de una compañía constructora, de las grandes de la ciudad, con quien
había logrado cerrar un considerable pedido de tejas de zinc.
—Mirá,
hombré, vos sabés que ese zinc lo necesito desde ayer. Si no vas a poder
llevarlo al plantel mañana mismo, devolveme los chambulines que te adelanté y
me voy a comprarlo a una ferretería responsable.
Comenzó a
sentir que la cabeza le ardía, escuchaba unos ruidos como redobles de tambor adentro,
imágenes vistas en el Infon se le proyectaban en la mente como película; vio cómo
un conocido amigo del régimen, saltando sobre todos los trámites, salía
contentísimo con su cheque entre abrazos y felicitaciones de los altos empleados.
A él, en cambio, le ponían toda clase de trabas.
“Es pura
burocracia”, pensó y un sabor amargo invadió su paladar. Oyó ruidos en la parte
de la bodega y para su desgracia alcanzó a ver cómo dos de sus empleados se
robaban un rollo de alambre. Ahí empezó el descontrol. Salió con la pistola desenfundada,
los abofeteó y conminó a los ladrones a devolver el alambre. Los corrió, los
llamó ignorantes, malagradecidos, haraganes, aprovechados, viciosos, dignos de
la suerte que vivían.
En un
instante perdió la razón, se bajó los pantalones y se cagó en el mostrador,
embadurnó con la suciedad las puertas verdes que él mismo pintara con tanta
ilusión y, para su ruina, cuando un hombre entró al establecimiento con un
rótulo en la mano y buscó la manera de sosegarlo, explicándole que venía de
parte del Infon, quién sabe con qué fuerza demoníaca el enloquecido comerciante
zarandeó al tipo derribándolo en presencia de muchos curiosos que se habían enterado
del escándalo pero no se atrevían a detener al pobre hombre enfurecido.
Transformado en bestia el frustrado
empresario, doblegaba al enviado del Infon en el suelo sentándose sobre él,
todo sucio como estaba. Alguien llamó a la policía porque nadie se atrevía a
enfrentarlo, aunque para entonces el rollo de alambre que se querían robar los
empleados se hallaba como sonda
gástrica dentro del infeliz emisario, cuya única misión había sido informar al
comerciante que su dinero ya estaba disponible y que colocaría en el frente de
la ferretería el clásico rótulo: Infon desarrollando
La madre fugitiva
Oyó el rumor
de los pasos y se agazapó detrás del cerco de piñuelas. La patrulla se
detuvo y uno de ellos comentó:
—Esta es la
casa de la Juana Betanco, donde la mujer vivió antes de irse a Managua.
Entremos a ver.
En
cuclillas, ella permaneció inmóvil, aguantando el dolor agudo en el vientre que
de pronto, quizás por la posición o el miedo, se hacía más fuerte y le subía hasta el pecho,
oprimiéndole la garganta, nublándole la mente. Había vuelto a su pueblo de
donde tal vez no debió haber salido nunca. Si se hubiera quedado en la casa de
los parientes con quienes se había criado, aunque fuera levantándose a las
cuatro de la mañana para acarrear agua, nesquisar maíz y moler tortillas, como
la habían obligado a trabajar, a lo mejor no tendría que andar huyendo como
ahora. Pero jovencita como era, sintió la curiosidad de conocer la capital y se
puso contenta cuando entró de sirvienta a aquella casa. Tenía una
habitacioncita para ella sola y le permitían dormir hasta las seis de la
mañana.
La primera
vez que el patrón la manoseo se estuvo acordando de su tía Juana. “En Managua
te puede llevar el diablo, dicen que allí se mantiene suelto. ¿No ves que por
eso fue que pasó lo del terremoto?”, la había advertido.
Al comienzo,
a ella eso no le pareció cierto. Las dos veces que el patrón la llevó al cine
habían visto historias requete bonitas. Las mujeres en esas películas usaban
vestidos súper escotados y además no tenían reparo en dejarse besuquear por
todos lados y hasta acostarse con varios hombres, pero al final todo les salía
bien.
—Así suceden
las cosas en el gran mundo, así es como se triunfa —le había comentado él.
Para qué… Al
principio él parecía buenísima persona. Así se lo hizo saber ella la noche que
la llevó a comer a aquel lugar llamado El Chanchito.
—¿Sabés,
patrón? Doy gracias a Dios por haber entrado a servir a tu casa. Sos tan amable,
tan bueno. ¿Por qué te tomas estas molestias conmigo?
—Porque sos
una chavala muy guapa y yo siento que te quiero mucho.
El día que
él le colgó al cuello una cadenita de oro con una medallita de la virgen, ella
ya no tuvo cómo negarse. Y fueron felices hasta que la barriga le empezó a
engordar.
—¿Vos estás
embarazada, muchacha? ¡Cómo no me lo dijiste antes! ¡Así no te puedo tener! Ni
quiera Dios. No tengo hijos ¿y voy a estar aguantando cipotes ajenos? ¿Qué te
has creído? ¡Te me vas, te me vas ya de mi casa!
De alguna
manera esperó que él le ayudara, lo buscó muchas veces. ¿Cuántas? Cinco, seis,
diez…
—Entendeme,
Bertita, yo no puedo hacer nada, menos dejar que alguien nos vea juntos ahora
que mi mujer sabe que vos estás preñada. Dios me libre, me
acaba. Lo mejor es que desaparezcás del mapa, que te olvidés de mí…
El dolor volvió,
le apretó el vientre, acalambrándole las piernas. Lo que le convenía era huir,
pero adentro de la cabeza se le había instalado el llanto del recién nacido,
martillándole las sienes. Se arrastró pegando la oreja a las tablas de la
casita de la Juana.
—Al niño lo
hallaron aquí cerca. La desalmada lo botó en la quebradita esa, la que queda
antes de entrar al pueblo. No tuvo compasión de dejar un recién nacido tirado
como un perro. Viera cómo lo encontraron, todo comido de hormigas. Por eso la
andamos buscando para encerrarla. Mujeres como ésa no pueden quedar libres, hay
que castigarlas…
Tenía que
irse, huir. Ella decidió abandonar a su hijo para que muriera. Era mala, mala,
y la andaban buscando para meterla presa. ¿Qué le pasaba que no huía? Sabía que
podía escapar entre los montes, ella conocía bien todos esos atajos y parajes.
La guardia no la seguiría por esos rumbos. El cuerpo, sin embargo, no se le
movió sino para acercarse más a las paredes de la vivienda. Necesitaba escuchar
mejor, quería saber más de la suerte de su hijo.
Pobrecito,
había muerto comido por las hormigas. Cuánto habría sufrido… tan chiquitito.
Ojalá se haya desmayado desde el primer momento en que quedó tirado. Diosito,
que no haya sufrido mucho, que las hormigas le hayan matado con las primeras
picaduras.
—Señor,
cómo no lo pensé antes. Mejor hubiera sido tirarme junto con mi hijito en la
parte más profunda del río para morir con él. Apenas lo conoció, lo odió. Lo odió por rubio, por
parecerse a su padre, por tan blanco, por ser tan como los ricos. Sin embargo, también
lo amaba, empezó a llorar; era suyo y ya no lo tenía. Había muerto comido por
los insectos.
—¿A qué hora
lo hallaron? —preguntó la Juana.
—Hace unas
dos horas. Ese carajito se defendió duro. A pesar de que la cabecita era una
sola llaga, él seguía vivo.
Dio un
alarido y se levantó como un resorte. Al verla, los guardias se abalanzaron
sobre ella, sujetándola por las muñecas.
—Te lo dije, que
ésta andaba cerca. ¡So, bestia! Ni intentés correr que te tengo bien agarrada.
Con el pelo
enmarañado,
la cara sucia, los ojos desorbitados y en las piernas hilos de sangre, la Berta
gritaba entre llantos.
—Asegurame
que está vivo, llevame donde mi hijo, quiero ver que esté bien, aunque después
me metás presa y me ahorquen, pero quiero verlo vivo… ¡Por favor!
Ansiedad y desgaste
El régimen dictatorial llevaba más de
cuarenta años. Hacía más o menos treinta y seis años que la oposición trabajaba
para eliminarlo; sin éxito, por supuesto.
De vez en cuando un grupo de opositores con
más galillo lograba alzar la voz e intentaba propinar un golpe de estado o iniciar
una nueva revuelta; y pronto eran sofocados sin alcanzar su objetivo. Sonado
fue el caso de uno de esos grupos, apresado en la región norte del país donde
los subversivos se adentraron en el corazón de la selva con la convicción de
que su espesura sería su más fiel aliada.
Eran jóvenes idealistas de la clase acomodada
del país, con buenas intenciones pero sin la experiencia de quienes se habían criado
comiendo salteado y durmiendo donde les agarrara la noche. Por eso no tuvieron
el temple de oponer una fiera resistencia al batallón de la Guardia Nacional,
que los encontró arrodillados rezando el Santo Rosario. Cada fracaso de los
opositores incrementaba las persecuciones de parte del régimen, y se contaban historias
macabras entre la población.
—A Zutanito lo torturaron hasta matarlo y lo
más sádico y espeluznante fue que, cuando dejaron el cuerpo tirado en las
puertas del zaguán de su casa, llevaba su miembro metido en la boca. ¿Qué necesidad
hay de hacer eso? Decime vos…
—La verdad, ya no se aguanta a este
dictador. Hay mucho descontento en el pueblo.
Pese a todas las quejas y atentados la
dictadura seguía incólume. Es más, cuando un joven suicida, Rigoberto López
Pérez, poeta de origen humilde, logró herir de muerte al viejo dictador, la familia
de este heredó el poder e instauró la dinastía que siguió gobernando Nicaragua
tan campante como el Johnny Walker.
Muchos atribuían el éxito de los Somoza al
respaldo incondicional que recibían de los Estados Unidos. Aunque, ¿por qué
negarlo? El país no andaba del todo mal. Durante los períodos de mandato del hijo
mayor del dictador asesinado y más tarde, en las postrimerías del gobierno del
hermano menor, el país gozaba de una economía vigorosa, descollaba entre las
repúblicas del istmo y hasta era conocido como “El granero de Centroamérica”.
Para alguien neófito en asuntos de Estado, los
negocios florecían, se trabajaba con libertad, se había establecido el Seguro
Social y funcionaban bien el sistema de salud y el de pensiones para los
trabajadores que cumplían con sus cuotas.
Estaba claro que la generalidad de los
habitantes sólo podía aspirar a dedicarse a negocios y comercios de bajo
perfil. Sin dificultad se podía poner en operación una comercializadora de
ventanas y puertas de vidrio, por ejemplo; una distribuidora de granos o una
zapatería, un puesto de quesos o un restaurante.
Ahora, si pretendías dedicarte a algo de
mayor nivel, algo más significativo, que reportara ganancias millonarias, como
la fabricación de adoquines, una industria de aluminio, la instalación de una
fábrica de cajas de cartón, la construcción de una carretera, un puente o un
complejo de edificios o viviendas, te estarías metiendo en camisas de once
varas porque esos negocios tenían que ser bendecidos. ¿Por quién? ¿Por quién
más? Por la gente más influyente y codiciosa del gobierno.
Allí estaba el trabón. No adelantabas mucho
si no gozabas de conexiones con poderosos que te patrocinaran, quienes, lo más
probable, exigirían compartir con ellos las ganancias. O sea, en aquella época
algunos hallaban maneras de vivir bien, mandar a sus hijos a un buen colegio o
regalar viajes a su esposa de vez en cuando. Pero encontrar un buen filón y tener
la oportunidad de trabajarlo de manera ardua y con honradez para salir de
acomodado, era difícil, muy difícil.
En aquellos años, la gente humilde, los
pobres, la pasaban como el perro apaleado. Su preocupación cotidiana era cubrir las
necesidades básicas con un salario insuficiente y encontrar la manera de
subsistir si el jefe de familia quedaba sin trabajo, como acontecía con
frecuencia. Esa ansiedad les desgastaba.
La fatalidad parecía estar al mando de sus
destinos, guiándoles por senderos oscuros, impidiéndoles ver alguna posibilidad
de mejorar sus condiciones de vida. Además, el índice de criminalidad y
violencia en sus barrios crecía como resultado de la falta de preparación
escolar y de infraestructura social, aumentando el desconcierto y la
inseguridad.
Hoy, miles de ciudadanos siguen enfrentando
dificultades como las de antaño, atrapados en las sombras de la negligencia de
“la elite de turno”. Pero, igual que antes, continúan demostrando una increíble
capacidad de “normalidad”. Es admirable que comunidades abusadas puedan lograr
día a día el milagro de subsistir y también amar, reír, soñar y abrigar
esperanzas.
Así, el descontento de la población de
escasos recursos, con su clamor silenciado y el peso de las limitaciones por la
falta de oportunidades, servía de telón de fondo a esa efervescencia que ya se
percibía en el ambiente.
Influía mucho aquel pequeño grupo de jóvenes
que, retomando el nombre de un asesinado luchador contra la dictadura y el
imperialismo, fomentaba una insurrección que agitaba a diversos sectores
sociales con la consigna “Patria libre o morir”.
Con esta idea llegaron a convencer a
políticos y empresarios opositores, de contribuir con la lucha que habría de
llevar a un levantamiento armado.
Las manifestaciones, los paros y las huelgas eran
producto de estrategias políticas organizadas, nunca decisiones de mentes
humildes o de campesinos trabajadores. Esas actividades las planeaban los
mandos superiores de la dirigencia insurgente; y la política, como se sabe,
sirve para manipular al pueblo sencillo, el sector más vulnerable para ser
utilizado. Son manipulados por los políticos, quienes se aprovechan de la
ignorancia, las carencias, las privaciones y la falta de oportunidades.
ESTAMPAS DE LA
ÉPOCA
La contribución
Una tarde, un puñado de armados entró en la finquita de
Aníbal. En la casita vivía él con su mujer, Natalia, sus cinco chavalos y su
suegra. El terreno abarcaba unas tres manzanas, donde Aníbal sembraba maíz y
plátano y tenía tres vacas y dos chanchas.
Los armados le explicaron que eran revolucionarios y
tenían el propósito de sacar del poder al dictador. Le dijeron que necesitaban
su ayuda, le pidieron provisión de alimentos.
—¿Y yo qué puedo ofrecerles, hombré? —respondió Aníbal,
dirigiéndose al que parecía ser el jefe de los armados.
—Lo que podás, lo que podás. Lo mejor sería algo de maíz,
otro poco de plátanos y una de las chanchas.
Aníbal sintió que se le fruncía el estómago.
—No es que no quiera —les explicó—, lo que pasa es que me
resulta dificultoso. ¿Que no ven el montón de chavalos que tenemos? Además, la
vieja está bien enferma. Con decirles que pensamos ir al pueblo a vender una de
las chanchas para que el médico la vea y poder comprarle medicinas.
—Querer es poder, hombré —replicó el armado—. Nosotros no
queremos quitarte nada, solo te contamos que andamos con necesidad. Lo que te
digo es lo siguiente: Hoy por mí y mañana por vos. A lo mejor esta es tu
oportunidad para contribuir con tu patria; a lo mejor cuando ganemos te podemos
devolver la ayuda.
Aníbal quedó pensativo. Llamó a la Natalia y le habló en
voz baja un rato.
—Vamos a darles lo que nos piden —dijo al fin.
La Natalia tenía los ojos anegados de lágrimas cuando estaba
desamarrando la chancha.
Tiembla el sistema
Las actividades de los sandinistas al
comienzo de los sesenta eran consideradas por la población como rumores; no
obstante, con el transcurrir del tiempo cobraron credibilidad.
Era vox populi que día a día más jóvenes, sobre
todo estudiantes universitarios, se unieran a sus filas. Los obreros que veían
con buenos ojos la causa revolucionaria, alimentaron la confianza de los
rebeldes, quienes descubrían con esas demostraciones que su plan no era del
todo descabellado.
A mediados de los setenta, los expertos en
análisis político opinaban que los adeptos a la dictadura decrecían mientras se
duplicaban los admiradores de los revolucionarios, colocando a los sandinistas
en la parte alta del subibaja.
El sentimiento de solidaridad de un alto porcentaje
de la ciudadanía atizó la audacia de los guerrilleros, más cuando un comando
rebelde logró tomar como rehenes a importantes funcionarios del régimen
reunidos en una fiesta en Managua, en la mansión de un conocido empresario.
Después de ejecutar al dueño de la casa, los
insurrectos plantearon al gobierno un
pliego de demandas para la liberación de los secuestrados. Alcanzaron un éxito
rotundo al lograr canjear la vida de algunas de las personas secuestradas por
la libertad de decenas de sus camaradas que guardaban prisión por subversivos.
También lograron una importante suma de
dinero y publicidad internacional, porque parte del trato incluía que su causa
fuera difundida. Después de esa proeza, “los muchachos”, como la gente empezó a
llamar a los sandinistas, tomaron tal velocidad en la carrera para derrocar al
dictador que fue imposible detenerles.
En 1978, la población entera presentía el
fin. De hecho el país vivía una guerra civil y los habitantes culpaban del caos
a la obstinación del presidente por mantenerse en el poder. Los rebeldes
avanzaron sobre ciudades importantes y eran contraatacados por la Guardia
Nacional. Se desató el terror.
Escenas dantescas se convirtieron en sucesos
cotidianos; barrios completos en distintas ciudades ardían en llamas por las órdenes
del dictador de bombardear sin tregua, hasta paralizar todo lo que se moviera.
Sospechas sin más justificación que algún leve arañazo, eran causa de
encarcelamiento y torturas. Para poner remedio a tanto horror, obreros,
estudiantes y hasta empresarios, pequeños y grandes, se unieron en un solo
bloque y organizaron una protesta que incluyó un paro general demandando el fin
de la dictadura.
Noche de enmascarados
Le parecía
irreal todo lo que sucedía desde hacía unas horas. Al comienzo creyó que se
trataba de un vulgar asalto, y despacio su cerebro absorbió la realidad,
permitiéndole ver la dimensión. Cómo podía pasar todo eso, se interrogaba. La
situación tenía que arreglarse pronto, por negociaciones con los encargados de
liberar a los rehenes.
Le urgía salir de allí antes de las diez de la mañana. En ninguna circunstancia podía dejar de firmar la solicitud de crédito que llevaría su abogado ese mismo día a Nueva York; de lo contrario, perdería el préstamo: cinco millones de dólares. Bueno, tal vez no se perdería totalmente, pero sí sufriría un enorme atraso. Además, si se le daba mucha publicidad al asunto, quizás el banco gringo entrara en miedo y se negara a hacer la transacción. Aunque este último empréstito le había causado más dolores de cabeza que los anteriores, siendo aquellos más cuantiosos, había superado todos los tropiezos encontrados para conseguir el aval. Cierto que tuvo que poner en su lugar a unos cuantos tipos, recordándoles quién era él, y sonrió al pensar en el incauto aquel que cometió la osadía de advertirle que ya le habían otorgado demasiados avales.
Como
autómata trató de soltar el nudo de su corbata, cuando la punta de una
metralleta hincándole las costillas le cortó el hilo de los pensamientos y le devolvió
a la presencia de aquel individuo con la cara deformada por la máscara, listo
para impedirle hasta el menor movimiento. Recorrió con la vista a los grupos de
invitados que ahora se llamaban rehenes, todos empresarios importantes o altos
funcionarios del gobierno que, como él, tendrían programados para ese día convenios
de negocios que engordarían sus cuentas bancarias, nacionales y extranjeras.
Escuchó un
susurro: “Necesito ir al baño”. Era su mujer. Durante la fiesta no le dedicó
tiempo a ella, se había concentrado en halagar a la señora M. Ahora, de
repente, la sentía cerca; quiso levantarse para acompañarla, pero la presión
enérgica de la metralleta le obligó a quedarse inmóvil.
No pensó más
en el préstamo millonario ni en sus negocios. Ahora su esposa llenaba su
pensamiento, imaginó que sería violada por el asaltante desconocido que la
escoltaba para ir al baño. Sintió rabia y la amargura de la impotencia. Sin
saber por qué, lo atrapó un sentimiento profundo y doloroso, percatándose de
que la amaba igual que hacía años, como antes de que existieran en su vida las
Ligias, Nydias, Gabrielas, Silvias, Rosarios, Indianas, Guadalupes... Y todas las
que lo acosaban diario, por montón, para conseguir puestos, pasajes, préstamos
o recomendaciones, y habían causado que el amor para él se convirtiera en algo
oportunista, divertido, novedoso, trivial. De pronto ahora experimentaba la
sensación de volver a amar, como cuando era joven y puro y se enamoró de
aquella muchacha a quien le gustaba caminar descalza sobre la arena de la playa.
Ella volvió
del baño escoltada por el asaltante. Él respiró aliviado y le sonrió al
enmascarado con auténtico agradecimiento. Abrazó a su mujer con delicadeza y le
desarrugó los pliegues del vestido elegante. Ella, aterrorizada durante varias
horas por el violento desconcierto que vivían, se sentió protegida y casi
dichosa. Cuántos años sin ver en los ojos del esposo esa mirada de ternura. Cuánto
tiempo sabiendo que sus manos acariciaban a otras mientras ella iba
marchitándose, relegada del corazón del hombre amado por causa del
endiosamiento que le había provocado la sobredosis de poder. Aún lo amaba y los
años de sufrimiento parecían borrarse ahora en medio del peligro, mientras él
le musitaba con un dejo de sinceridad que lo perdonara y lo amara como antes.
Él, invadido
por una oleada de dulzura, sintió deseos de acariciarla y poseerla. Le recorría
emocionado las mejillas con los dedos, sin reparar en que ya no eran tersas
como las de la jovencita de tiempos idos. La mente se le pobló con los recuerdos
de aquella playa, ella con su traje de baño blanco, su cuerpo cimbreante... La
atrajo hasta tenerla acurrucada sobre su pecho, sintiendo la misma emoción que
les estremecía cuando se acariciaban las manos en aquel cine al que iban a
escondidas cuando eran novios.
El
enmascarado vigilante se mostró sorprendido ante la escena. Estaba convencido
de que todos esos rehenes era gente con los sentimientos atrofiados y en sus
corazones solo albergaban ambición y deseos de fama, pero estaba descubriendo
algo contrario: Esa pareja se amaba, se había amado siempre, al menos eso
expresaban. Adrede, volteó el rostro hacia otro lado y dejó que hablaran
tranquilos de su amor.
Concluido el
asalto horas después, entre los rehenes muertos estaba la pareja. En sus
semblantes se percibía una gran paz. Cuando sus cuerpos fueron rescatados, aún tenían
las manos entrelazadas.
“Compadre
guardabarranco,
hermano del
viento, del canto y la luz,
decime si en
tus andanzas
viste una
chavala llamada Arlen Siu”.
Carlos Mejía Godoy
Esta
lastimera pregunta hecha canción fue lanzada al aire por las estaciones de
radio nacionales, convirtiéndose en espléndido fertilizante que hizo florecer
simpatías, millares de simpatías para la causa guerrillera.
La pasión
por el combate la había heredado Arlen, lo más probable de su padre, un chino
nacido en la provincia de Guan-dong, en la costa sur de China. El viejo Siu
había vivido en carne propia los sufrimientos infligidos por gobiernos
dinásticos y despóticos de una China sacudida por luchas armadas en contra de
la dinastía Manchú. Como muchos de sus coterráneos, comulgó con el fervor nacionalista
que llevaría a la formación de la primera república del Asia, la República de
China fundada por el Dr. Sun Yat-sen, que terminaría dividida, al final de la
guerra librada por el gobierno del general Chiang Kai-shek contra los
comunistas, en la República de China en Taiwán y la República Popular de China
en el continente.
En medio de
estas guerras ideológicas y fratricidas había crecido Siu, con mil ideas
remolineando en su joven cerebro. Por un lado, su pobreza y las pocas
oportunidades que percibía para salir de ella le incitaban la idea de abandonar
su tierra natal. Por el otro, siguiendo la mezcla de corrientes ideológicas y
formalismos burocráticos requeridos por el régimen de Mao, participaba en las
actividades partidarias como la Gran Marcha.
Sin embargo,
cuando un hermano mayor le informó que se había logrado establecer en
Nicaragua, tomó la decisión de ir a ese país centroamericano donde esperaba
encontrar al menos un clima tropical con abundante lluvia, similar al de su
patria. Llevó consigo pocas cosas, pero guardó en su corazón las creencias de
sus antepasados. Por ejemplo, fiel a su religión budista y sus tradiciones
culturales, no dudaba en albergar en su hogar a un compatriota que necesitara
de amparo en tierra extraña.
Más tarde,
con los años, le contaría a su hija aquellas costumbres, no como una forma de
disciplina, sino para compartir con su descendencia una parte de sí. Lo hacía en
momentos en que disfrutaba con toda la familia, después de la comida en un día especial
o quizás en una de esas ocasiones que algunos padres saben distinguir. Siu
aprovechaba para inculcar en sus hijos ideas, memorias y experiencias
acumuladas a lo largo de su vida.
Esas
enseñanzas cayeron de manera pródiga en la mente fértil de Arlen. La seducían
porque encajaban con sus inquietudes de transformar el país que la vio nacer,
en beneficio del pueblo. Ese país lo sentía suyo con todo derecho, porque su padre
encontró allí, además del clima tropical y lluvioso con que había soñado, una
mujer que lo amara. Con ella contrajo nupcias, formó un hogar y procreó hijos. En
Arlen, la prédica de su padre atizaba las brasas de la inquietud revolucionaria;
recibía invitaciones constantes de personas conocidas, algunas admiradas por
ella, para unirse al grupo subversivo que estaba luchando en las montañas
contra el gobierno.
A los 18
años ya se identificaba con la consigna ¡Patria libre o morir! De sólo pensar
en participar en aquella gesta guerrillera, la sangre bullía en sus venas
Es posible
que el “compañero” que le dio la bienvenida al movimiento, se frotara las manos
de satisfacción al pensar en el provecho que esa jovencita, tan apasionada como
inexperta, le daría a la causa.
Arlen se
entregó al servicio de la revolución. Desde el inicio de su militancia en la
insurgencia, la muchacha se reveló como una fiel propagadora de la causa.
Encendía pasiones patrióticas con su voz, su juventud y el fulgor de sus ojos
rasgados, exóticos, seductores que evocaban tierras lejanas de costumbres ancestrales.
Tocaba la guitarra y cantaba; había sido una celebridad como estudiante y
artista en la Escuela Normal de Señoritas, en su ciudad natal.
Ahora, los
estudiantes de la Universidad Nacional quedaban hechizados al escucharla. No
solo cantaba, también escribía ensayos sobre el marxismo y el feminismo, que
sirvieron de inspiración al movimiento revolucionario y al movimiento nacional
de mujeres.
Aquella
mañana de agosto de 1975, en el campamento de entrenamiento militar guerrillero
todo iba normal. Los reclutas eran adiestrados en tácticas de la guerra de
guerrillas y operaciones de combate. La escuela clandestina estaba oculta en un
bosque del municipio El Sauce, la tropa, si merecía llamarse tropa al puñado de
hombres y mujeres armados que estaban en el campamento, aprovechaba las
haciendas y huertos cercanos para ir a pedir o robar provisiones para su
subsistencia.
Eran tierras
fértiles, en las fincas cultivaban plátano, maíz y frijol en abundancia, criaban
ganado vacuno y porcino y aves de corral. Algunos finqueros contribuían con
gusto a las demandas de los guerrilleros porque coincidían con sus anhelos de
derrocar a la dictadura; otros veían los asaltos con malos ojos, tildando de
ladrones a los revolucionarios.
Una de las
instructoras de la escuela guerrillera, quizás la más fogosa, era Arlen. Su
ardor libertario rayaba en la temeridad. Exigía a los compañeros bajo su instrucción,
una entrega total, “absolutamente necesaria”, recalcaba, “para poder vencer las
embestidas del tirano”.
A la vez,
les alimentaba el ego fomentándoles ínfulas de héroes. “No olviden jamás”, repetía, “que somos los escogidos, somos la vanguardia, nos ha sido revelado el
sueño de un país libre; de nuestra
valentía dependerá que ese sueño se convierta en realidad”.
Cuando miembros
de la Guardia Nacional irrumpieron en el campamento escuela, Arlen los enfrentó
con su habitual arrojo. Sus enemigos fueron estremecidos por su belleza y
coraje, pero no le perdonaron la vida. La “chinita” murió en ese combate, cayó
abatida bajo un frondoso Malinche y, por una maravillosa coincidencia, hojas y flores
del árbol se deslizaron como un manto sobre su cuerpo. Era una mañana
transparente, soleada.
¿Qué pasaría
por la mente de Arlen en su último momento? ¿Vería los ojos oblicuos de su
padre o las manos tersas de su madre? O quizás el sueño de ver crecer a los
niños bajo la revolución que ella imaginaba.
El rojo encendido de las flores sobre el
cuerpo de la guerrillera casi niña, parecía un homenaje de la naturaleza a su
ilusión de libertad y cambios. En su boca quedó esbozada una sonrisa.
La caída de Somoza
El presidente de los Estados Unidos, Jimmy
Carter, cortó la ayuda militar al dictador. Sabiéndose perdido, Somoza renunció
y abandonó el país. Los guerrilleros entraron triunfantes a la capital el 19 de
julio de 1979.
Las celebraciones por la victoria de la
revolución eran apoteósicas. La bandera roja y negra del Frente Sandinista de
Liberación Nacional ondeaba ufana bajo el cielo nicaragüense. Radio Sandino
dejó la clandestinidad y se escuchaba en todo el territorio nacional, y a su
llamado, miles de personas llenaron las calles de ciudades y pueblos. El grito
¡Viva Nicaragua Libre! resonaba en todos los confines del país. Su eco se
deslizaba sobre las aguas de lagos, ríos y mares, se colaba en la espesura de
las montañas y alcanzaba la superficie de las mesetas y llanuras.
Una muchedumbre se agolpaba en la antigua Plaza
de la Republica de Managua, que el mismo día sería rebautizada Plaza de la
Revolución, para saludar a la nueva junta de gobierno. Los altoparlantes
proclamaban el fin de los abusos de la dinastía, que Nicaragua jamás volvería a
soportar dictaduras ni permitiría gobiernos que actuaran como amos. La gente
bailaba, se abrazaba, gritaba; las iglesias echaban al vuelo las campanas.
Pueblo y gobierno trabajarían hombro con
hombro para levantar de las cenizas a la nación destruida por el somocismo y su
guardia pretoriana. Era tan grande la emoción que apretaba pechos y gargantas,
haciendo desbordar las lágrimas. Esperanzados, los nicaragüenses creían
vislumbrar en el cielo el nuevo amanecer prometido.